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L 27/11/2017

A morcilla hueles

Uno quisiera dejar de hablar de Cataluña, como cuando decides dejar de reírle las gracias al niño pesado que se sabe centro de atención. Pero el ambiente informativo permanece inmóvil en este asunto inútil de raíz. Supongo que, como siempre, a río revuelto ganancia de pescadores y mientras se habla de los encarcelados, del 155 o de la ocurrencia de Puigdemont, no se habla del CETA, de la creciente desigualdad y pobreza, del precio de la energía y de esos problemas que de verdad nos importan a la mayoría. Y encima nos han endosado la campaña electoral catalana al resto de España, con lo constructivas, entretenidas y reveladoras que son las campañas electorales en general. Nótese la ironía, por favor.

La última astracanada no ha venido de Puigdemont, que sigue de “viaje de estudios” en Bruselas, alargando al máximo su irremediable encuentro con la Justicia, sino de Junqueras que, en la cárcel de Estremera y con tanto tiempo para pensar, ha reelaborado su especial teoría del Amor cristiano. Yo, que me declaro creyente, no puedo sino sentir vergüenza de que este individuo afirme que todo lo que hace es en realidad por Amor. Como si la palabra no estuviese ya lo suficientemente manoseada y desacreditada.

Y ¿cómo no vamos a creerle? Si todo el “proces” se basa en opiniones, sentimientos y realidades paralelas indemostrables. Junqueras puede decir, si quiere, hasta que es el Mesías, y nadie podrá convencerle de lo contrario, a él y a sus partidarios. Dado que los hechos no importan, él continuará narrando su particular historia, con ese tono quedo, paternal y conciliador que utiliza en sus entrevistas, nunca una palabra gruesa, nunca un insulto. Me recuerda a la madre de un amigo de la infancia que con su vocecilla fina le decía que se estaba portando mal, y con el mismo tono que utilizaba para felicitarle por las buenas notas, le cruzaba la cara con un tortazo que se oía en todo el vecindario. Ignoro si era una estrategia para no errar la torta. Junqueras da tortazos con ese amor que nos tiene a todos, y a base de querernos causará estragos. Otro efecto colateral de la revolución de las sonrisas.

Aquí viene el dilema: ¿se lo cree o nos engaña? Ojo, que la primera no descarta la segunda. Yo he conocido mentirosos compulsivos, en especial uno, que pasaba por las dos fases: primero engañaba para quedar bien, para hacerse el interesante, es decir, por interés y con un objetivo concreto; pero al final, como tenía que mantener una cantidad enorme de mentiras, las originales y las derivadas, se terminaba creyendo todo a pies juntillas. Perdía el contacto con la realidad.

No sabemos cuál es el caso de Junqueras. Personalmente me resulta hasta tierna esta salida pseudocristiana. No es la primera vez que declara en los medios ser creyente y católico. Igual que los independentistas han ofendido y despreciado a las verdaderas víctimas del fascismo con su utilización ligera del término, Junqueras ofende a Dios y a cualquier cristiano, no declarándose como tal, sino afirmando que lo que hace tiene algo que ver con el Amor. Si vamos a hablar en términos espirituales, ya sabemos quién es el Príncipe de la Mentira. Le invito al Sr. Junqueras a que, en el silencio de su celda, repase sus declaraciones y compruebe si no ha mentido y si el independentismo encarna la unidad y la fraternidad cristianas. Comprenderá ahí a qué religión sirve, si es que el satanismo se puede considerar como tal. Si tiene dudas, la Conferencia Episcopal también ha dejado claro el asunto. El asunto de los 300 curas catalanes independentistas lo dejaremos para otro artículo. Hay que tomarse la indignación con dosis pequeñas.

Desde luego, el caso es digno de estudio y daría lo que fuera por hacerle a Junqueras una larga entrevista. Sería uno de esos casos famosos de desorden mental tan frecuentes en el periodismo y en la literatura de ficción, como los asesinos en serie. A lo mejor, incluso lograba hacer luz en su atribulada cabeza.

 


El Blog de Juan Presa