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M 10/10/2017

Caganet Puigdemont

Lo confieso, me he divertido viendo el espectáculo bochornoso de Puigdemont. Los independentistas sólo querían aprovechar la media hora de atención mediática mundial para largar su fábula y reforzar las palabras clave: franquismo, violencia policial, falta de diálogo del gobierno español, resultados del referéndum (que nadie ha aceptado ni reconocido excepto sus partidarios), derecho de autodeterminación, libertad. Y de nuevo lo han logrado, nunca había habido tantos medios acreditados en un parlamento regional, aunque no creo que esta vez haya tenido el eco y el efecto deseado. Lo difícil para los periodistas va a ser intentar contar este cúmulo de absurdos.

Como es muy cobarde (los mentirosos suelen serlo) Puigdemont no se ha atrevido a admitir que vuelve a la legalidad o que no va a lanzarse al abismo, como le pidió Donald Tusk esta misma tarde; pero tampoco ha tenido arrestos para cumplir su propia ley inventada, la del referendum, otra de las suspendidas, ni a darles a sus seguidores lo que ya casi acariciaban: el espejismo de un nuevo país ideal.

El mundo ha perdido dos horas esperando lo que sólo ha sido otra fantasmada. Creo que casi todos sobrevaloramos el coraje de Puigdemont. Pensábamos que se iba a inmolar en su delirio gritando "¡la estelada es grande!". Pero no. Se conformó con otro requiebro lingüístico: declarar la independencia y suspenderla al instante para, supuestamente, dialogar. Este hombre es un artista: es capaz de suspender una ley ya suspendida. ¿Habrá sido para quedar encima del TC? En realidad no se sabe si él la considera en vigor o no, porque legalmente es papel mojado. Nadie sabe a qué atenerse.

No sé si me ha dado pena la multitud congregada disolviéndose en silencio ante el enésimo engaño. Ellos lo compraron, y se la han dado. No será porque no se lo hayan advertido los medios no independentistas.

Va siendo hora de desconectar, pero no de ninguna legalidad, sino de esta nefasta película sin argumento. Volvamos a los problemas reales y dejemos que los bufones sigan su número.

El Blog de Juan Presa