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V 22/09/2017

Choque de realidades paralelas

Estamos asistiendo a un fenómeno que explica muy gráficamente la utilización de la mentira para forzar cambios políticos. Lo que Tejero y Milans del Bosch quisieron liquidar mediante las armas, la minoría secesionista catalana ha preferido hacerlo por métodos populistas, es decir, aprovechando las grietas del siempre imperfecto sistema democrático, prostituyendo la autonomía de gobierno y la libertad informativa. Filtrando las mentiras por esas grietas con suficiente perseverancia se logra el giro ideológico del público objetivo. Un plan ingenioso e inmoral.

Consiste en crear una realidad paralela, una ficción con apariencia de realidad en la que el nacionalismo ejerce de narrador y por tanto decide todos los detalles de la novela (una especie de reality): quién y qué es democrático, las leyes y su interpretación, lo legítimo e ilegítimo, la Historia, y el derecho de pertenencia al Pueblo. Transportados por la fantasía que tan lejos llevó a tantos literatos, los secesionistas han ganado la batalla mediática, en Cataluña y fuera de España, gracias a su empeño y perseverancia, al efectismo de sus frases, auténticas piezas maestras del marketing propagandístico (no por casualidad Barcelona presume de muy buenos publicistas). Con el permiso de un negligente gobierno central. Si uno toma las declaraciones de sus líderes se puede comprobar su falsedad, una por una. Sólo se necesita un mínimo de cultura y honestidad y estar bien informado y no cegado por el fanatismo, condiciones que no abundan hoy día en Cataluña. Sorprende que cargos electos que han jurado o prometido lealtad a la Constitución se permiten el lujo y nadie les impide usar su posición institucional para verter esas mentiras públicamente. Y sorprende aún más que gran parte del público catalán se las haya tragado. Nuestra democracia debería poner límites a estos abusos urgentemente. Se nos ha ido de las manos. ¿No son punibles la falsedad manifiesta o la calumnia? Si no lo son, deberían serlo, por dañinas y peligrosas.

El independentismo catalán ha elegido esta forma de golpe de Estado por ser mucho más efectiva y menos arriesgada que las demás, aunque requiere la misma ausencia de escrúpulos. La estrategia se parapeta detrás de una comunidad de acólitos convenientemente manipulados que se entregan fervorosos a pagarles las multas, enfrentarse a los antidisturbios, hacer proselitismo, presionar y exigir la libertad de sus líderes en manifestaciones multitudinarias a cambio de un sueño falso y anacrónico: una nueva patria, una bandera, unas siglas, un objetivo reaccionario y antiguo, como todos los nacionalismos, y muy de derechas. Quizás nuestra realidad social es tan pobre y desesperada que estos ciudadanos necesitan agarrarse a ese chute de patriotismo épico y orgullo racial que brinda el nacionalismo, por aquello de sentirse superiores a sus compatriotas y por ese victimismo tan cómodo que transfiere responsabilidades. Una razón que dé sentido a una vida insatisfecha.

Las falacias en las que se basa la ficción catalana:

  • El “derecho a decidir” es una cabriola lingüística sin ningún significado. Hay infinitas cosas que no tenemos derecho a decidir, por lo que omitir el objeto directo del verbo decidir responde a una confusión perfectamente calculada. Los residentes catalanes no tienen derecho a decidir sobre cuestiones que no son de su soberanía.
  • No es cierto que los residentes en Cataluña sean dueños del destino político de ese territorio. Además de personas y bienes, hay muchas otras cosas que interactúan en una sociedad global. Hablamos de realidades jurídicas y no de simple localización.
  • Un referéndum sobre algo que está fuera de jurisdicción es un ejercicio de frustración autoinfligida, o sea, un absurdo, una pérdida de tiempo. Es como preguntar sobre las leyes de Carolina del Norte o Bulgaria y luego indignarse porque dichos países ignoran el resultado.
  • Si se acude a la legalidad internacional, los Derechos Humanos o los Tribunales europeos,  nadie le niega al secesionismo su derecho a apelar a estas instancias, pero sí el de interpretarlas y decidir en su nombre, como pretende.
  • No es cierto que los problemas de Cataluña se deban a la mala gestión del gobierno central. El excepcional nivel de autogobierno catalán señala claramente a los responsables, pero éstos han preferido señalar a Madrid para construir su desvarío.

Pero hay otras muchas falsedades, miles, millones, que las hemerotecas y archivos multimedia han registrado en estas últimas décadas. Las de anteayer las explica muy bien este editorial de El País

El arrinconamiento del español en Cataluña y la inoculación del rechazo a España en el relato histórico y mediático han sido las claves de este conflicto. En efecto, cuando una población es sometida a presión ideológica y prácticamente se hacen desparecer las huellas más cotidianas de la cultura común, como el idioma, su sentir va cambiando poco a poco. ¿Por qué no ha pasado nada parecido en la Unión Europea? Porque España, a diferencia de sus vecinos europeos, posee un sentido patriótico muy débil. Los gobiernos no sólo se han amputado la obligación de mantenerlo, sino que han aceptado los continuos chantajes nacionalistas para continuar en el poder, y aquí tenemos las consecuencias. No se puede decir que carezcamos de patriotismo pero, desde luego, los signos y la expresión comunitaria de ese sentimiento se han demonizado durante décadas bajo el peso de la potente iconografía franquista y de su abuso por parte de partidos radicales.

De estos hechos podemos sacar una primera conclusión: la utilización de la mentira puede ser utilizada para atentar contra la ley y, por lo tanto, el Estado debería dotarse de las herramientas legales necesarias para defenderse, y ello sin restringir la libertad de expresión y la pluralidad. ¿Es posible? Yo creo que sí, pero sólo restableciendo el clima de honestidad general y actuando sobre las causas. No podemos seguir permitiendo la utilización de la mentira como método para no aceptar la realidad o para ganar poder o razón frente al adversario. La mentira perjudica a todos y convierte al lenguaje y la comunicación en inviables. Y sin comunicación, no hay entendimiento ni paz.

En el caso catalán urge organizar foros (presenciales o a través de los medios) desde una mentalidad abierta y respetuosa, que aborden el problema catalán, es decir, cómo se ha construido el discurso de odio a la identidad española y el apego a la catalana de forma contrapuesta, y que el diálogo se desarrolle entre personas razonables y educadas, no entre loros mentirosos que se limiten a repetir consignas. Sólo re-explicando un discurso unificador y mostrando las falsedades inculcadas mediante la larga campaña nacionalista podremos recuperar a una parte suficiente de ciudadanos en la senda de la sensatez.

Porque éste es el problema catalán y no otro. Ni fueros, ni privilegios, ni más transferencias, ni más hechos diferenciales. Porque el nacionalismo es así: cuanto más le das, más pide, y no tiene fin. Su objetivo siempre es la autodeterminación y la independencia, es decir, la ilegalidad, por más poder que se le otorgue. Aprendamos la lección de una vez.


PS (23/09).
Si alguien tenía dudas de la bondad o maldad del movimiento secenionista catalán, el País informa hoy de que, según algunas herramientas de análisis informático, la maquinaria de propaganda rusa en la sombra está magnificando la difusión viral de twits y entradas de Facebook favorables al referendum catalán. La prueba del ocho. En ello se incluye la curiosa atención que le dedican Julian Assange y Snowden, dependientes del Kremlin de una u otra forma, a la cuestión catalana. Sus twits demuestran la escasa idea que tienen del tema, pero es lo que toca para sobrevivir.

Añadido el 26/9:
Muy certero artículo sobre el inventado derecho a decidir en EL PAÍS.


El Blog de Juan Presa