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V 5/01/2018

Cómo mandar el éxito al carajo

Me pregunto por qué los libros de autoayuda están entre los de mayor tirada en los últimos años. Parece que el tema de lograr el éxito y conseguir la felicidad está entre las prioridades del público. Hemos pasado por épocas en las que soñabamos con mundos fantásticos y futuristas (aún lo hacemos), luego pasamos a perseguir la abundancia de dinero (los famosos pelotazos) y el progreso material y tecnológico, y ahora a desear la felicidad directamente. Quizá haya cada vez más gente que haya llegado a la evidente conclusión de que el dinero (y muchas otras cosas materiales) no da la felicidad sino que es sólo un instrumento, peligroso por cierto. Pues es un avance. Por desgracia todavía queda demasiada que lo mantiene en lo alto de su escala de valores.

Es curioso este deseo de felicidad en una sociedad que, a pesar de la crisis, es de las más acomodadas de la Historia. En mi opinión se trata de un síntoma claro de las disfunciones que la sociedad occidental arrastra desde hace décadas. No me gustaría entrar en demasiados detalles, pero la vida de mucha gente en esta sociedad neocapitalista es sencillamente absurda, autodestructiva. Afortunadamente el nivel de consciencia está subiendo y muchos ya no nos conformamos con el estilo de vida que nos venden.

No puedo evitar acordarme de la generación de mis padres, ya desaparecidos, de quienes tengo un alto concepto. No vivían con esta preocupación del éxito. Eran felices con poco, con el día a día. Felices a ratos, como ha sido siempre. A mi padre no le oí nunca hablar del éxito. Probablemente tampoco de la felicidad, ni de los sueños. A mis padres lo que les preocupaba es que estuviésemos sanos, saliésemos adelante, profesional y personalmente, que fuésemos buenas personas, con buena educación y suficiente cultura, serviciales y que tuviésemos fe. Quizás eran pretensiones demasiado modestas, pero ellos venían de una guerra y de la escasez. Venían de un mundo menos cómodo donde el sueño era salir adelante. Los niños no querían ser YouTubers ni Steves Jobs.

Hoy parece que tenemos que sobresalir o tener un objetivo vital clarísimo (el famoso sueño) para ser alguien. No se lleva ser del montón. En mi mundo normal y corriente es posible que la gente sea relativamente aburrida o poco sofisticada, pero es gente más o menos feliz, que está a gusto con lo que es y tiene, que se considera afortunada ya con tener salud. Los seres comunes no tenemos sueños de grandeza, no vamos a cambiar el planeta, ni inventaremos la próxima revolución industrial. No creamos fascinantes apps que contribuyan a la luxación de cuello crónica. Nuestro objetivo, el mío al menos, es no ser carga para nadie, trabajar bien en lo que haga, tratar bien a los que me rodean, sentirme realizado en fin, que se traduce en ayudar a los demás. A partir de ahí, si se me ocurre una idea brillante seguro que me lanzo a realizarla, pero hasta entonces creo que seré feliz así, naturalmente, sin técnicas especiales.

El problema es que demasiada gente pasa ocho horas al día haciendo trabajos poco satisfactorios, que, lejos de ayudar a la gente, hacen justamente lo contrario. El objetivo de sus empresas no es dar servicio realmente sino aumentar los beneficios con el pretexto de dar un servicio a menudo mediocre o nulo, o pagar fortunas a unos pocos directivos a costa de asfixiar de trabajo a la mayoría a cambio de sueldos inaceptables. Eso no hace feliz a nadie. Sólo lo mantiene atado mientras tenga la necesidad de un sueldo suficiente para mantener a sus hijos y sus compromisos financieros (la hipoteca, vamos).

Otros están sumidos en las muchas manipulaciones que forman parte de nuestra cotidianidad: el consumismo, la radicalización ideológica en nombre de falsos valores, actividades basadas exclusivamente en el ego, los contravalores destructivos y engañosos (los postureos, la imagen del éxito ligado al dinero o a poseer cosas, la dependencia de las opiniones ajenas, los arquetipos de felicidad falaces), las adicciones, o la ignorancia (buscada con verdadera eficiencia por las tendencias del actual sistema educativo y por los principales medios de comunicación) que permite a diversos agentes sociales arrastrar a las masas donde les interesa.

La buena noticia es que cada vez más gente cae en la cuenta de estos problemas y hace algo al respecto. Los libros de autoayuda, en muchos casos, pueden llegar a dar luz, si logramos escoger los buenos. A mí me parece que más que técnicas de felicidad, lo que necesitamos es defendernos de las amenazas culturales que nos acechan: ideas que nos destruyen, que nos confunden y nos dañan emocionalmente. Hombres y mujeres felices los ha habido, los hay y los habrá en todas las épocas, también cuando no había libros de autoayuda. La sabiduría siempre ha tenido sus cauces. La felicidad es muy simple, se lo prometo.


El Blog de Juan Presa