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S 22/07/2017

Desertización humana

 

España se vacía, o mejor dicho se arremolina alrededor de la costa y de la capital. Las zonas costeras y las islas no cesan de poblarse mientras las provincias interiores, especialmente las más rurales, quedan abandonadas.  

Yo viví en Madrid durante 8 años y me gustó. Entiendo la seducción de la gran ciudad. Tenía 28 cuando abandoné la capital. Ahora que vivo en una ciudad relativamente pequeña como Valladolid, valoro mucho más la calidad de vida de aquí frente a los atractivos y ventajas de Madrid. Y entiendo también el poderoso influjo del mar, pero también entiendo que muchas veces se trata de clichés y modas.

Aquí el problema no es simplemente si tenemos o no mejor calidad de vida en las grandes ciudades o en las provincias, ni siquiera en la ciudad o en el campo. Ya escribí sobre ello en Réquiem por el campo. La cuestión es mucho más amplia que nuestra satisfacción personal, que elegir cemento o naturaleza (no deja de ser una elección basada en el gusto personal), porque en la medida que los poderes públicos abandonan a las zonas rurales y benefician a las grandes urbes con la excusa numérica, no hacen sino cumplir la profecía autocumplida, alimentar un círculo vicioso y pasar con bastante olimpismo de la igualdad (territorial) consagrada en la Constitución. Es decir, se crean deliberadamente desigualdades, y ya no consiste en elegir lo que más nos apetece, sino en aceptar lo que dictan las circunstancias artificialmente creadas.

Actualmente vivir en provincias, en según qué profesiones, es un acto de valentía, un reto. Las ofertas de trabajo medianamente interesantes tienen Madrid como destino inevitable, o Barcelona. Las empresas, quizá arrastradas por el mismo círculo vicioso, eligen Madrid como sede y centro de operaciones. Pagan tres o cuatro veces más por sus instalaciones y seguramente un 40% más en sueldos. Y aún así, parece que les compensa. Y si son tan importantes los costes como dicen, ¿cómo es que no les importa pagar este plus?

Hay una promoción de la vida urbana en la cultura y en sus productos. Las ciudades son las emisoras de información y valores, y se autoalimentan promoviendo su modo de vida.

Los buenos profesionales no se quedan en provincias porque las empresas insisten en ir a Madrid. Por eso resulta gracioso que las empresas vayan a Madrid en busca de buenos profesionales. Y mientras tanto las administraciones no sólo no hacen nada, sino que la Comunidad de Madrid, por ejemplo “compite” por atraer a más y más empresas con beneficios fiscales. En cambio, la Junta de Castilla y León, por ejemplo, se cruza de brazos viendo cómo su población mengua.

Aquí el gobierno central debería actuar como contrapeso equilibrando los territorios, pero no lo hace. Se debería haber financiado la infraestructura de Internet en banda ancha o fibra óptica en todos los territorios, y no que en Madrid haya diez compañías y en cualquier pueblo pequeño una o ninguna. Si por lo menos esa una ofreciera un servicio suficiente para el desarrollo empresarial y social, pero ni eso. Internet era la gran baza de los pueblos para competir con la ciudad, pero ha dado lo mismo. Se ha dejado en manos de una empresa privada, Telefónica, que a pesar de ser operador universal ha pospuesto sus obligaciones según su conveniencia como, de hecho, suelen hacer todas las empresas privadas. La administración pública “respeta” la competencia. Es la nueva forma de quitarse de en medio.

La culpa no es sólo del gobierno central, también lo es de las empresas y profesionales que tienen muy poco espíritu social y vertebrador, poca audacia. ¿Qué hay de aquéllos indianos que regresaban de América con sus fortunas e invertían en sus pueblos? ¿Dónde está el sentido de la patria chica? ¿Acaso han probado a cambiar de estrategia? ¿Por qué no se mudan a ciudades pequeñas a ver qué pasa?

¿Qué va a pasar con el medio ambiente en provincias? ¿Qué pasará con los bosques, los montes, la ganadería? ¿Seguiremos con incendios devastadores, azuzados por el cambio climático, debidos al descuido de esos espacios naturales?

¿Y qué pasará con los precios en las grandes ciudades? ¿Terminaremos siendo como Londres, con precios astronómicos por metro cuadrado, y vidas dedicadas a pagar un exíguo cubículo rodeado de contaminación? ¿Qué clase de lógica planifica este desastre?

¿Dónde está la política territorial nacional? ¿Es que todo lo tiene que hacer la Unión Europea, sin un mínimo de colaboración del gobierno? Preguntas sin respuesta. Y mientras tanto, España profundamente invertebrada, desigual, desierta, vacía, despojada de sus raíces.

Hace falta y es urgente un plan de repoblamiento de la España interior.


El Blog de Juan Presa