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L 2/10/2017

El día de la vergüenza

Madrugada del 2 de octubre. Se han consumado los planes del independentismo catalán. Querían imágenes de la policía enfrentándose a su gente y las han conseguido. El referendum era sólo un trámite necesario para obtenerlas, y su resultado irrelevante y previsible. La torpeza, ya inevitable, del gobierno Rajoy, evidente. Décadas de inacción han ocasionado un estrepitoso fracaso, compartido, naturalmente, con los gobiernos del PSOE y del PP pasados. Los sediciosos planean declarar la independencia, y quizá decreten lluvias para la primavera que viene.

Las falacias han continuado su recorrido por los medios y las redes, fuera y dentro de España. El populismo rampante a lo suyo.

Los ciudadanos catalanes que decidieron votar ayer no eran ancianitas indefensas, ni pobres oprimidos políticos como afirmaba Pablo Iglesias (aunque de las primeras algunas había); eran gente normal y corriente, mayores de edad, alguno llevando al niño a hombros, como se vio en un vídeo (qué poca vergüenza). Muchos, quizá todos, sabían que el referendum era ilegal y que las Fuerzas de Orden Público acudirían a impedir la votación y, sin embargo, allá fueron y se enfrentaron a ellas. ¿Es de valientes enfrentarse a la Policía? ¿O de delincuentes? ¿O de irresponsables? Supongo que depende de la causa que se pretende defender. ¿La libertad del “pueblo catalán”? ¿O la rebelión de una parte minoritaria contra una decisión de la Justicia con la excusa de votar y expresarse? ¿Qué esperaban? ¿Una regañina? ¿Unas caricias con porras de gomaespuma? ¿O que les permitieran seguir con los hechos consumados, como hasta ahora?

Su “derecho a votar” se basa en una interpretación libre de las normas democráticas y de los derechos humanos, convenientemente formulada ad hoc por Puigdemont y Junqueras, obviando que el derecho a votar en cualquier democracia está limitado por las normas del propio marco legal, no anula toda la Ley, no es arbitrario, ni excluyente, pero esos dos millones largos de personas no entendieron ni entienden (ni, temo, quieren entender) esta sencilla idea. Y están convencidos de su criterio personal e independiente, a pesar de vivir en una cámara de resonancia. Para ellos, su sagrado e inviolable derecho a votar pasa por encima de cualquier ley, nacional o internacional, y entronca directamente con la Declaración de los Derechos Humanos, sin más mediación ni interpretación que la suya propia. Seguro que el derecho internacional les asistirá en los muchos procedimientos judiciales que se podrán en marcha hoy día 2 o en los días siguientes.

Saben o deberían saber que todo derecho democrático en Cataluña proviene de la Constitución Española, que la Generalitat es la máxima representación del Estado en la Comunidad Autónoma, y que jamás puede actuar en “desconexión” con su única fuente de legitimidad política. Sin esa legitimidad, es el caos. Igual que en el golpe de Estado franquista, sólo que sin ejército.

Es más o menos el mismo planteamiento de los dictadores, que actúan “por el bien del pueblo”. Toda autoritarismo se ampara o justifica en derechos y grandes principios, convenientemente prostituidos y tergiversados. Eso y no otra cosa es lo que pasó ayer en Cataluña.

A partir de aquí, ¿qué posibilidad de entendimiento hay? Unos defienden un derecho al voto  inexistente en este caso, como si de su vida y dignidad se tratara. Se abrazan frente al “opresor”, se sostienen mutuamente, se besan, lloran, cantan juntos “Els Segadors” (que merece un comentario por separado) y justifican su pacífica imposición, soñando con un mundo ideal, una república estupenda sin lágrimas ni sufrimiento. El reino de los Cielos, vamos. Sólo quieren incumplir la Ley pacíficamente. Total, la Constitución se votó hace mucho tiempo, ha quedado vieja, dicen. Desean hacer su santa voluntad. Eso sí, con una sonrisa y unos claveles. Controlar un territorio que es de todos y arrebatárnoslo cantando y bailando una sardana, ya que por las verdaderas urnas no se logra.

Mientras, al otro lado, los otros cumplen una resolución judicial necesariamente incompatible con el delirio democrático de los primeros. Y se produce el choque inevitable.

Se difunden las imágenes del “pueblo de Cataluña” (como si los que están en su casa ajenos al paripé, que son más de la mitad, no fueran pueblo ni catalanes), atacado sangrientamente por el Estado malo y cruel, mientras los festivos manifestantes, ilusionados por un bien superior, la patria y la tierra vociferan “Votarem” sin tregua, o lanzan alguna que otra silla, alguna que otra valla metálica contra los trabajadores públicos de las fuerzas del orden, que vienen a Cataluña ávidos de terror y destrucción, a hacerle el trabajo sucio al “fascismo”. La vergonzante situación de los refugiados sirios, la grave situación en Medio Oriente, la hambruna en Venezuela, pasen, pero no poder votar por la independencia en Sabadell, eso es una hecatombe. No les basta con votar todos los años y con todas las garantías en el marco constitucional. Problemas del primer mundo.

 

Y los twits, el mejor formato para simplificar ideas regulonas en frases resultonas, se suceden, según la correspondiente estrategia electoral o el interés particular de cada uno.

Se acusa al gobierno de fascista y violento. Sin embargo, las fuerzas del orden no actúan por orden del gobierno sino por orden de una jueza catalana, y están obligadas a cumplir la orden. Y ya digo, se les pide desalojar al personal acariciándoles y cantándoles una nana.

Al mismo tiempo se le acusa de no actuar, cuando en realidad el problema es precisamente que no actúa sino en virtud de una orden judicial, anticipando (con acierto) la traición de los Mossos.

Se dice que es un golpe a la democracia. Sin embargo, es justamente lo contrario, la defensa del orden democrático.

Ya les digo yo que si en la comunidad de vecinos acuerdan votar si se quedan o no con el ático de un vecino, ahí tampoco se aplicará el derecho a decidir. Esa democracia es la de Puigdemont y Junqueras.

Se insiste en que tienen derecho a decidir. Sin embargo, no lo tienen, ya que aquí rige la Constitución que votaron casi unánimemente españoles y catalanes, y donde el único derecho a decidir (sobre la soberanía, les falta aclarar) es el del pueblo español en su conjunto y no se contempla la autodeterminación ni la independencia de ninguna parte del territorio.

Y así, en esta sordera voluntaria acusan a los demás de no dialogar, cuando ellos llaman diálogo a imponer de buen rollo, actuando con hechos consumados, al estilo CUP.

Una vez se instala la confusión del lenguaje retorcido, tergiversado y estirado para complacer a todos, ya es imposible conversar, ni en el seno de las familias, rotas durante quién sabe cuánto tiempo, ni en los bares, ni en las aulas, ni en la política.

La fractura en la sociedad catalana se debe a la creación de espectativas irreales y a la creación de problemas y culpables ficticios por parte del independentismo. Eso unido a la, desde luego, penosa actuación del gobierno de Rajoy no ayer, sino durante años.

Yo espero y confío en que, por el bien de nuestro Estado de derecho, los Mossos respondan por su inacción con sanciones y multas.

Que los responsables de las mesas y todos los que participaron activamente en el referendum paguen por sus delitos con multas (que siempre pican más que otras sanciones, como se ha comprobado).

Que Puigdemont y su gobierno sean por fin inhabilitados y castigados como corresponde, por sedición, rebelión o lo que disponga la Justicia.

Que se ponga coto legalmente al deporte de mentir y manipular.

Que cese por fin el aparato propagandístico generador de odio a España en los colegios y los medios catalanes.

Que los independentistas se den cuenta, si algo de seny les queda, de que lo que persiguen es un espejismo, que sus problemas en absoluto se resolverán por cambiar el diseño de su carnet de identidad o la bandera que cuelga de su ayuntamiento, y que lo menos grave que les puede pasar es que terminen gobernados por corruptos (3%, Pujol, Mas, etc.) en un minipaís sin reconocimiento internacional, aislados, sin moneda ni financiación, ni bancos, ni dinero, ni derechos.

No siento la obligación de convencerles de que se queden, porque ya están dentro y suerte tienen de estarlo.

Y que pare ya la concesión de privilegios a determinados territorios en un país que se declara de ciudadanos libres e iguales.

Abogo por una solución a la francesa. En Perpignan lo tienen claro: hablan catalán pero son franceses. Punto. Y no se les ve infelices.

Y entonces quizá, por fin, se pueda vislumbrar el fin de este problema independentista.


El Blog de Juan Presa