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S 19/09/2020

El dilema social

No soy muy fan de Netflix pero, por circunstancias, es la única suscripción que tengo para ver películas y series, ya que he renunciado a la televisión, por salud mental e intelectual. Normalmente lo que se ofrece en Netflix me produce bastante indiferencia, pero ayer no.

Ayer descubrí un documental excelente llamado el dilema social (The social dilemma) que trata sobre las grandes redes sociales, principalmente Facebook, Twitter y YouTube, y sobre cómo están diseñadas. A medida que pasaban las escenas me sorprendió encontrar una a una gran parte de las ideas que conté en La mentira invisible en 2019.

No es lo mismo que lo cuente yo, que lo cuenten quienes, después de haber trabajado o dirigido esas empresas, se dieron perfecta cuenta del monstruo que habían creado o ayudado a crear. Tan claro lo tienen que en sus familias están prohibidas las pantallas para los menores de 16 años. Y no ceden. Una situación que se repite en todas las familias de los altos ejecutivos de Sillicon Valley.

No está de más insistir: por mucho que protesten y lloren, los adolescentes no deberían tener redes sociales ni acceso libre a Internet para ver cualquier cosa. Así de sencillo.

El daño que están causando esas aplicaciones sociales se ha contado por activa y por pasiva: adicción, menor nivel intelectual, baja autoestima, pérdida de habilidades sociales, daños físicos y psíquicos, menor memoria, y básicamente, el hecho de teledirigirlos hacia un modo de vida que sirva al modelo económico de grandes corporaciones. En esa modificación del comportamiento se emplean todos los medios a su alcance, incluido destrozar mentes, principios e identidades para que consuman lo que sea que paguen los anunciantes o los políticos de turno.

No sé qué es peor, si hacerlos consumir lo que no necesitan, o radicalizar sus ideas para que voten a determinados partidos. En esta segunda opción se necesita cambiar creencias y principios manipulando a fondo la concepción del mundo. Y esto no sólo modifica votos, sino actitudes profundas que terminan ocasionando violencia y sufrimiento.

Recomiendo que vean este documental y, por qué no, que compren mi libro. De cualquier de las dos maneras entenderán que no se trata de alarmismo, ni de teorías de la conspiración, sino de un modelo económico (esa codicia tan antigua pero tan vigente) sin ética ni alma, dañino, injusto y dopado con unas capacidades impresionantes, las que ha conseguido la Inteligencia Artificial gracias a los datos que amablemente les cedemos.

El futuro no es muy halagüeño. Aunque muchos lo advirtamos de todas las maneras que podemos, la potencia de esta máquina tecnológica es claramente demasiada para que haya equilibrio de fuerzas. Hace falta concienciar a gente que no se siente aludida y que no cree que deba concienciarse de nada excepto de sus problemas cotidianos. La lucha es muy desigual.

Incluso a nivel profesional, como desarrollador web, observo cómo el ecosistema de las redes sociales ocupa gran parte del marketing. Los emprendedores, cuya lógica preocupación es conseguir clientes, están obnubilados con los funnels, las estrategias de redes, los lead magnets, la escritura persuasiva y demás conceptos absorbidos sin filtro de la sociedad norteamericana. A veces leo textos que juro me cuesta bastante rato entender entre CTAs, CEOs, productos premium, lifetime, con mucho engagement, y sin olvidar la importancia del copy y si no está en inglés, no mola nada. Aquí todo el mundo se apunta al carro olvidando, no sé si adrede, que es un ecosistema fundamentalmente dañino y disfuncional.

A mí, que también he puesto algunos anuncios en Facebook, me produce un conflicto ético pagar a esa empresa, o a Google, o a Instagram y utilizar sus métodos del Gran Hermano para convencer a mis clientes. Y aparte de eso, creo que todo eso tiene los días contados, y no a largo plazo. A corto. Estamos perdiendo la perspectiva. En lugar de crear buenos productos y ofrecerlos sin más, explicando sus muchas ventajas, ahora resulta que tenemos que persuadir a la gente buscando sus puntos de dolor, metiendo el dedito donde más les duela y que saquen la tarjeta de crédito pensando que van a ser un poco más felices o un poco menos desgraciados.

Con todos mis respetos para el meteórico éxito del copywriting. No pasarán muchos años hasta que la gente se dé cuenta de los trucos. Porque tienen razón en decir que los principios de la venta no cambian, siempre son los mismos. Por eso hay ventas éticas, y ventas sin ética. Luego ya le metes el 1-3-1, el 2-2-4, la historia emocionante, la entrada sorpresiva para atraer la atención, la llamada a la acción o los testimonios que tú quieras. Pero lo harás con ética, o sin ética.

Yo prefiero tratar a mis clientes con el máximo respeto, que empieza por no intentar engañarles, ni persuadirles más allá de lo que les convenga, y si nos conviene a los dos, pues feliz venta.



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