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X 24/05/2017

El paraíso perdido

 

Todas las mañanas cuando me levantaba y corría la prescindible cortina de lamas de mi moderno apartamento de Greengate, Salford, lo primero que veía eran las torres en construcción que tapaban parcialmente el Manchester Arena, el Museo del Fútbol y las sucias aguas del río Irwell marcando la frontera con el centro de Manchester. Durante ese año de 2016 hice realidad mi deseo de vivir un año en Inglaterra. Tengo fotos de esa zona de todos los colores. Me impresiona enterarme ahora de que hasta allí ha llegado la sinrazón terrorista. Mánchester es una ciudad muy tranquila y segura, además de intercultural, aunque debo precisar: uno ve gente de todas las procedencias y culturas pero en grupos bastante homogéneos. Por ejemplo, Benjamin, mi casero en la zona de Levenshulme (no muy lejos de Chorlton, barrio del yijadista autodestruido) durante los primeros meses, era de raza negra, pero se relacionaba principalmente con amigos blancos. Procedía de una familia interracial (madre inglesa, blanca, padre negro de ascendencia africana). Sin embargo, uno podía cruzarse con grupos de escolares sólo de raza negra, o grupos de chicos o chicas de cultura musulmana con sus saris y maquilladas hasta el extremo, o ingleses blancos. Rara vez los vi mezclados. Lo mismo pasaba con los barrios: los había de mayoría musulmana, o indios, o asiáticos, o negros. Las culturas conviven en la ciudad pero no sabría decir hasta qué punto. Sigue habiendo guetos. Más que convivir, viven al lado. Bajo mi punto de vista Inglaterra y, supongo, el Reino Unido, tiene aún un claro problema de racismo y otro de clasismo, que yo percibo como evidentes, aunque el discurso oficial y social es de multiculturalidad y convivencia feliz. Esa feliz mezcla es un hecho en muchos casos, pero no de forma homogénea ni en todas partes. Mi conocimiento del país es limitado, sólo hablo de mi experiencia personal, de mis sensaciones. Se respira un ambiente bastante materialista en general, y existen opiniones muy vehementes sobre ciertos grupos sociales. Como dije en un artículo anterior, la sociedad británica está totalmente fracturada, y esto se manifestó en el Brexit, y se seguirá manifestando. Los clichés que se manejan y las profundas desigualdades no ayudarán.

Las religiones de los inmigrantes son muchos más pujantes que un anglicanismo en franca retirada, apenas visible si no es por sus edificios, en una sociedad profundamente secularizada. Yo acudía a cantar en un coro los martes por la noche a una iglesia anglicana que se dedicaba, sobre todo, a eventos culturales y conciertos, y hasta tenía licencia para vender bebidas alcohólicas (caso muy raro, por cierto). El tradicional cristianismo de nuestra sociedad se diluye en una maraña de versiones y espiritualidades personales y teorías del autoconocimiento. Cada cual con sus cuadacualadas y el resultado es que hay poca coincidencia, se pierde la vivencia comunitaria de esos principios. La religión se vive como un tema privado y personal que difícilmente puede compartirse pues se ha convertido en un combinado a la carta, donde uno elige lo que más le cuadra o le interesa, y de lo que no conviene hablar no sea que alguien se sienta herido o incómodo. Individualismo occidental en plena forma. Se comparten valores como la solidaridad, el respeto, la tolerancia, pero de forma muy general. Una cerveza con mucha soda, que ya no sabe a cerveza. La necesidad de unión espiritual sólo aflora en momentos duros de desastres o tragedias.

Caso muy distinto es el Islam, fe profundamente comunitaria. Tan comunitaria y absorbente, en algunos casos, que invade todos los planos de la sociedad, incluyendo la política. Según me explicó Nervana Mahmoud, egipcia afincada en Mánchester y comentarista política, el Islam fue una religión mucho más tolerante y abierta hasta los años 70, cuando las tendencias fundamentalistas saudíes empezaron a imponerse gracias al chorro de dinero que proporcionó el petróleo. Ahí comenzó la extensión del burka, la represión de la mujer, las interpretaciones literales y sacadas de contexto, las rigideces y los discursos violentos e intransigentes. Los gobiernos occidentales miraron para otro lado porque importaban más los billetes que los principios.

El yihadismo en Europa es un fenómeno en plena investigación. No hay un retrato único de yihadista. Sólo tenemos algunas características que se repiten en la mayoría de los casos. Creo sinceramente que es imposible prever totalmente estos atentados y las derivas asesinas de algunos de estos musulmanes radicalizados, normalmente jóvenes confundidos, escasamente inteligentes, reservados, en crisis y envenenados por una visión distorsionada de la fe musulmana. Recordemos que el padre del terrorista de Mánchester habló públicamente en contra de DAESH. A veces las cosas no son tan evidentes. Tenemos casos en toda Europa, en países muy distintos y ambientes que nada tienen que ver entre sí.

¿Puede Europa y la cultura occidental ofrecer algo más a estos jóvenes? ¿Podemos llenar el hueco de esa fantasía de Estado islámico universal que promete el paraíso por asesinar a “infieles” y que se basa en la pura violencia y la represión por el terror? ¿Podemos contrarrestar esa extraña magia de la violencia, de la dominación absoluta en nombre de unos supuestos valores morales? El cristianismo ofrece un paraíso, pero no por asesinar, sino por amar. Un paraíso que empieza ya en este mundo, en la Tierra, cuando se logra vivir en la paz interior y en ese amor desinteresado de inspiración cristiana. Místicos tenemos en España de los que aprender. Quizá no sea tan buena idea atacar al cristianismo como se hace desde el corazón de la propia cultura occidental. Hemos despojado a muchos jóvenes de un paraíso al que tienen derecho, y les hemos dejado en manos de unos asesinos alucinados.


Vivir conscientemente