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M 5/12/2017

Évole, Rovira y Arrimadas

 

Para mí, el problema del programa de Jordi Évole es el formato. Ya no existen programas serios de debate en televisión. Se han convertido en espectáculos circenses (con mis respetos al circo) donde unos gritan, otros vociferan y nadie explica su posición sino que emite consignas o indigna al personal con insultos o afirmaciones hirientes. El de Jordi Évole no es así, por fortuna. Gráficamente está muy conseguido, con sus planos de atmósfera previos, su perfil de color cinematográfico, su minimalismo, elementos que logran atrapar al espectador. El punto fuerte son los personajes. No debe de ser fácil convencer a según quién. Hace preguntas incómodas, pero no remata. ¿Quizá por eso acceden a ser entrevistados? Saben que parece que les pone contra las cuerdas, pero nunca permite que caigan al precipicio. Pertenece a ese grupo de los “equidistantes”, que quieren aparecer como imparciales, sin decantarse por nada, cuando es evidente que no lo son.

La posproducción de los programas, esto es, el montaje, a veces deja bastante que desear. En este último programa, después de haberse detenido en la tensión entre Rovira y Arrimadas mientras esperan en la mesa de debate, con aquel silencio que se podía cortar y las forzadas conversaciones de ascensor, durante el debate no permite ver con la amplitud que desearíamos las reacciones reales de las tertulianas como lo permitiría un espacio en directo o hecho sin cortes. Se eliminan momentos significativos de las reacciones a las preguntas y los gestos, porque el tiempo es muy limitado. Évole hace un intento de sacarle los colores a Marta Rovira por su afirmación de que el Gobierno estaba dispuesto a causar muertos en las calles de Barcelona. Es el único momento en que se puede apreciar ligeramente la falta de argumentos de esta señora y el discurso populista de falsedades. Tomándose el tiempo para llegar al fondo de la cuestión, es posible destapar al mentiroso. Pasando los temas uno tras otro como si nada, no. En realidad, la culpa, si hay que adjudicársela a alguien, es de Inés Arrimadas, que con su imagen de chica fina y educada y su voz queda carece del carácter y la seguridad suficientes para contestar una por una a las afirmaciones de Marta Rovira. Da la impresión de ser reactiva en lugar de llevar la iniciativa, y también denota inseguridad al soltar frases hechas directamente sacadas de su programa electoral, ideas ya formuladas con escuadra y cartabón, o al querer hablar más de lo que necesita para contestar. Interrumpiendo a su interlocutora para decir “eso no es verdad”, o “es increíble” pero dejando el debate de la cuestión por perdida, no es la mejor manera de destapar el discurso absurdo y carente de sentido de Rovira. Le preguntó de dónde habían salido los datos personales utilizados el 1 de octubre, e insistió, pero Rovira salió del trance con su sonrisa (la revolución de las sonrisas…) y otro corte a la siguiente pregunta. ¿Qué pasa con la respuesta? ¿Se deja en el aire? ¿Pasamos de tema como si nada? Esta ligereza en el tratamiento de las cuestiones planteadas, no en este sino en la mayoría de los temas, abunda en el fenómeno de la superficialidad. Vemos intercambio de mensajes, pero realmente da igual lo que se diga. Sólo importa cómo quede, cómo suene.

Y así Évole sigue yendo un poco de estrella de las entrevistas, pero no sacamos mucho en limpio de ellas. Sólo son muy mediáticas que, supongo, a él le basta y le sobra. De todas formas hay que reconocerle programas excelentes como el dedicado a las eléctricas, donde se dijeron cosas que había que decir, y que pocos habían dicho.

Es una pena que tengamos esta sequía en España de políticos de nivel, con prestigio, carismáticos, honestos y eficaces. Nos vemos obligados a elegir entre la patada en la espinilla o el puntapié en los cataplines. Así es un milagro que el país avance.

Mientras el asunto catalán monopoliza las noticias, España sigue sufriendo un gravísimo problema de pobreza y desigualdad cuya brecha va creciendo mes a mes. Hasta la UE ha dicho basta. Más que encajes constitucionales o títulos de nacionalidad, necesitamos soluciones para los trabajadores pobres, una reforma real de la administración que el PP jamás ha llevado a cabo (sólo ha puesto parches más bien decorativos). La economía crece, sí, pero no se redistribuye la riqueza, no llega a las capas de población más necesitada.

Me temo que con las elecciones en Cataluña seguiremos con la atención de la opinión pública centrada en asuntos poco útiles.


El Blog de Juan Presa