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M 27/06/2017

Exceso de orgullo

Llegó el día del Orgullo Gay y dicen que hasta 3 millones de personas se apuntarán en Madrid a la llamada fiesta de la diversidad y la libertad. Habrá que dar el nombre por válido aunque yo no sé si es muy representativo de las personas LGTB. No hay censo ni datos objetivos que muestre la representatividad real de las asociaciones organizadoras. Aunque sin duda es un evento muy seguido.

En El País encuentro al primer representante de lo que será el Gay Pride. Se llama David Farrán de Mora y se autodefine en redes y en su página web como “artist, international contributor, trendsetter & consultor y cool hunter”. No hay traducción en español para su labor pero está enteradísimo, marca tendencias. A estas alturas todo el mundo sabe que los términos en inglés son mucho más guays. A la pregunta de qué espera del GayPride de este año en Madrid contesta: ”Será como cuando vino el Papa, un verdadero hervidero de seres humanos vagando por la ciudad... Pero esta vez, en vez de fanáticos católicos serán gays de todo el mundo con ganas de diversión". Me ha parecido particularmente interesante este comienzo de reportaje porque retrata bastante bien al lobby gay: la primera frase ya se mete con los católicos llamándoles “fanáticos”. Haciendo amigos. 

Personalmente me gustaría poder participar de las reivindicaciones, unir mi voz, expresar mi apoyo, pero hay casi tantas cosas que comparto como las que no. Quiero apoyar a todos los homosexuales del mundo que son perseguidos, asesinados, agredidos, discriminados y marginados. Yo sí quiero que la gente viva su vida con libertad, que ame a quien quiera amar, que se acueste con quien estime oportuno. Sin embargo, no puedo unirme al coro antirreligioso, ni promover una forma de vida basada en la promiscuidad y la genitalidad, ni me van los numeritos, ni el culto al cuerpo, ni la superficialidad, ni el borreguismo. No sé por qué reducen la homosexualidad a un show basado en el exceso. No sé por qué se ha creado un arquetipo de gay. Es muy festivo, sin duda. Estoy seguro de que se lo pasan todos divinamente. Pero no estoy tan seguro de que se transmita el mensaje y la reivindicación de la manera adecuada, ni tampoco lo estoy del mensaje. No sé si banalizando la fiesta se consigue el reconocimiento social y el respeto.

Puedo entender el nombre (orgullo) como una sublimación de las humillaciones y crímenes a las que han sido sometidos históricamente, pero el orgullo no es gay, como no es hetero, ni trans. El orgullo, en todo caso, es dignidad, la de toda persona por ser persona. Es la misma dignidad con la que nacemos todos, la misma que nos reconoce la Carta de Derechos Humanos, la que ostentan todos los marginados del mundo, sea cual sea la razón de su discriminación. Es la misma dignidad con la que deberíamos defender a los no nacidos pero cuyo orgullo y existencia son masacrados en esta “fiesta” sepultados bajo los derechos reproductivos.

Lo que no funciona en el movimiento LGTB es el exceso. Fundamentados en una lícita y necesaria reivindicación de que se respete su modo de vida, han pasado a exigir cambios sociales que no sólo les afectan a ellos, sino a todos. Quieren modificar la cultura y los valores. Intentan influir o, directamente, decidir cómo ha de ser la educación sexual de nuestros hijos, buscan equiparar absolutamente todas sus costumbres con unas estructuras sociales consolidadas durante siglos, como el matrimonio, cuando en mi opinión habría sido mucho más pertinente crear otras nuevas, originales, con su propia personalidad. Igual que el feminismo ha imitado al hombre desnaturalizando a la mujer, los movimientos LGTB no buscan su propio camino sino que imitan las viejas estructuras sociales y culturales. No sólo las imitan, sino que intentan cambiarlas según sus gustos.

Habría mucho más orgullo si la comunidad LGTB respetara a los que no piensan como ellos y empezara a pensar en grande creando su propia manera de estar en el mundo. Sería el orgullo de haber creado e innovado respetando.

Las agresiones, si las hay, deben perseguirse y prevenirse, pero no por ser gays, sino porque son personas. Y la situación en países donde la homosexualidad está prohibida y penada es una ardua labor de sensibilización y de exigencia del cumplimiento de los Derechos Humanos.

La normalidad para mí es un concepto mucho más amplio. Lo que debería hacerse visible son las discriminaciones y agresiones a cualquier persona (en este caso por su sexualidad), no la propia opción sexual que, en mi opinión, debería diluirse, normalizarse, convertirse en una cuestión personal. La libertad sexual ya está consagrada en las leyes, algo que también debemos reconocer al activismo gay. Lo único que hay que hacer es cumplirlas.


PD. Leo hoy mismo un artículo en EL PAIS titulado: Plumofobia, puedes ser gay o lesbiana, pero que no se note. Llaman "plumofobia" al "desprecio al que se sale de sus roles de género" aunque creo que en realidad se refieren a las locas, a la gente que ha elegido comportamientos que chocan con la mayoría de la gente, bien porque resultan inaguantables, o porque denotan graves carencias o desequilibrios emocionales, o simplemente una personalidad muy peculiar. Les deseo mucha suerte en la nueva campaña a favor de la pluma. La van a necesitar.

En cualquier caso, uno puede ser pro-vida, o estar en contra de las imposiciones de la cultura LGTB tal y como la han montado... pero que no se note. Para eso no hay campaña.

 

El Blog de Juan Presa