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S 9/03/2019

La huelga del 8M: utopía o distopía

Poco después de la huelga, hace unos días, puse en mi muro de Facebook un resumen del larguísimo manifiesto del 8M de las organizaciones feministas. Este texto, que sólo puedo calificar de inquietante, radical y falsario, contenía una serie de afirmaciones que resumí, y dije que, de alguna manera, las manifestantes lo suscribían, con independencia de sus razones personales para acudir.

 

Una de mis amigas en esta red me contestó que mejor que estar en un sofá, había que salir a la calle a defender los derechos de las mujeres, a cambiar las cosas. Otra habló de parar los asesinatos y las violaciones en grupo, o la “brecha salarial”.

 

Lejos de analizar y sopesar lo que yo decía en el artículo, ellas me respondían con las dos o tres ideas base expresadas por los medios de comunicación de más difusión. Esas ideas base que estructuran el engaño populista: una fina base cierta y, sobre ella, un enorme edificio de falsedades.

 

Al igual que esos otros millones de personas, compraron el mensaje. ¿Para qué analizar? ¿Para qué saber? ¿Para qué profundizar? El mensaje suena bien. Adelante.

 

¿Contra quién exactamente protestaron? ¿Tendrá oídos el Patriarcado? ¿Lo escucharán los hombres y mujeres machistas? ¿Lo escucharán los asesinos que posteriormente se suicidarán? Nunca lo sabremos. Posiblemente muchos piensen que saliendo a manifestarse una y otra vez, terminarán por comprenderlo y les convencerán de que depongan su actitud.

 

O quizá la izquierda y los especialistas de género, en franca expansión al calor de las subvenciones, idearán alguna manera de detener a los asesinos antes de que ellos mismos decidan cometer su crimen. Pondrán cámaras en todos los hogares, con micrófonos y sensores que detectarán el machismo desde sus más pequeños detalles: un no, una discusión, un sueldo algo más alto, un micromachismo cualquiera del amplio abanico diponible. Gracias a las leyes que el 8M propicie, en las escuelas se les dirá a los niños (esta vez en masculino no genérico) que llevan la semilla de la violencia en su cromosoma Y, y que deberán aprender a reprimir su masculinidad tóxica. Probablemente será la misma clase en la que les cuenten que pueden elegir el sexo que les apetezca, y esto no se limitará a femenino o masculino, sino que abarcará el abecedario de las organizaciones LGTB. Lo que no sabemos es si habrá cupos para transgénero y para el resto de identidades.

 

Se cumplirá, por fin, el sueño comunista: decidir por ley lo que ha de ser, como ha de ser, pasando para ello por encima de cualquier derecho fundamental. Y todo por nuestro bien y por la igualdad absoluta, por supuesto, porque el comunismo siempre decretó la igualdad en sus regímenes obligando a todos sus ciudadanos a tener lo mismo, ganar lo mismo, pensar lo mismo. Y por lo general igualando por abajo. Muy por abajo.

 

En todas las organizaciones habrá por ley el mismo número de mujeres directivas que hombres, y si hay un sólo director, probablemente tendrá que ser mujer, para compensar tantos años de subyugación. Ellas no tendrán que demostrar su valía. Con el sexo les bastará.

 

Si les parece ridícula la afirmación, lean el manifiesto. No creo que exagere demasiado. Actualmente la ley de violencia de género es abiertamente inconstitucional, porque considera al hombre culpable sólo por el testimonio de una mujer y el dictamen de un administrativo (claramente pre-adoctrinado para culpar al hombre por el mito patriarcal del que ya hemos hablado).

 

Los cerebros pensantes de estas leyes que intentan garantizar a toda costa la igualdad y la seguridad de las mujeres no han debido de tener en cuenta los peligros de decretar el comportamiento humano: el primero de ellos es institucionalizar una ventaja que se basa, precisamente, en una discriminación por razón de sexo y que será campo abonado para las jetas que decidan ocupar puestos directivos sin ninguna capacitación o que quieran escarmentar a sus parejas hombres por cualquier razón lícita o ilícita. Cierto que estamos hablando de mujeres, es decir, “seres de luz” que al no tener malas intenciones en su cromosoma es muy improbable, por no decir imposible que se aprovechen de estas leyes.

 

Lo que seguramente tampoco han tenido en cuenta estos ideólogos geniales es que mientras se plantee la relación entre hombres y mujeres desde la discordia y el enfrentamiento, señalando a los hombres como “culpables” de una sociedad que oprime a las mujeres, habrá una gran parte de esa sociedad de unos y otras que, no sólo hará oídos sordos a esa campaña, sino que se opondrá activamente. En lugar de invitar a la armonía mediante la argumentación y el ejemplo, se producirá un enconamiento. Imponer ideas tiene un nombre, todos sabemos cuál. Ni siquiera lo nombraré. Sin duda este enconamiento beneficiará a nuestra exigua tasa de natalidad.

 

Frente a una lógica de grupos e identidades, cada vez más difusos e irreconocibles y cada vez más pertrechados de derechos y exigencias, existe la lógica individual, de responsabilidad personal, en la que cada uno se hace cargo de sus logros y de sus fracasos, de sus debilidades y fortalezas, sin escudarse en una u otra identidad, sea de orientación sexual, sexo, religión, ideología o clase social. La única identidad válida es la de ser humano, que da derecho a todo lo que la sociedad civilizada pueda hacer por la persona. Y, señoras feministas radicales, si no se cumple, habrá que ir a los tribunales y seguir intentándolo con mejores leyes sin conculcar los derechos ni de los hombres, ni de ningún otro grupo humano.

 

El “patriarcado” carece de respaldo científico si hablamos de la sociedad actual. Pudo haber sido, nadie lo niega, una realidad en tiempos pasados, no excesivamente lejanos. Pero no hoy, con leyes claramente igualitarias en oportunidades y derechos. El incumplimiento de las leyes es competencia de los tribunales, y a ellos hay que acudir cuando ocurre.

 

La ideología de género parte de un presupuesto falso: que hombres y mujeres son iguales. Semejante aberración se está difundiendo como una verdad innegable. Yo creo que no hace falta gastar tiempo aquí en decir por qué son diferentes. La medicina es un campo donde es fácil ver las diferencias. Pregunten si la incidencia de las enfermedades o los tratamientos o el funcionamiento del organismo es el mismo en uno y otro sexo. A ver qué les contestan. Las familias tradicionales llevan funcionando durante siglos gracias a la complementariedad de las diferencias entre sexos. 

 

La igualdad de oportunidades y la no discriminación por sexo (y por muchas otras razones) está en la ley desde 1978 (hace exactamente 40 años) y si se incumple, se puede y debe recurrir ante la Justicia. 

 

Desde que se promulgó la Constitución, mujeres y hombres tienen los mismos derechos: estudiar, trabajar, formar empresas, desarrollarse en todos los sentidos. La realización de cada uno de los proyectos de vida depende de millones de factores, pero fundamentalmente del trabajo, el esfuerzo, la suerte y factores sin duda injustos pero que no podemos exigir a las leyes que solucionen de un plumazo, como la familia en la que naces, el lugar de residencia, las influencias durante la educación, etc.

 

La creación de un mito (el Patriarcado) que constituye una fuerza opresora y cuyos últimos responsables son, así en genérico, los hombres, es la mayor construcción victimista que recuerdo en décadas. Es la excusa perfecta para endosarle al sistema cualquier dificultad con que se encuentre una mujer en su vida. Cada obstáculo, cada revés, será adjudicado al Patriarcado y exigida una compensación, puesto que es una fuerza “estructural”, o sea, inevitable, inexorable, que exime a la persona que lo sufre de cualquier responsabilidad. 

 

Y como no es, por lo visto, suficiente, la declaración de esa igualdad de derechos en la ley, se exigen discriminaciones positivas para enmendar las desigualdades. Es decir, se niega la igualdad de derechos para conseguirla. El remate de la hipocresía.


Lo llevo diciendo mucho tiempo y espero no ser pesado. Este asunto va a enfrentar a nuestra sociedad con un motivo más de pelea, porque quienes lo promueven viven de ello. Si no analizamos, si no pensamos lo que hacemos, nos va a ir muy mal. Y el próximo día 29 lo veremos claramente.


Vivir conscientemente