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X 11/08/2021

La realidad del crecimiento personal y la autoayuda

Me ha costado algunos años (4, creo) llegar a estas conclusiones. Espero que esta lectura te ayude a no cometer los mismos errores que yo he cometido o a acortar el viaje.

Tampoco soy el primero ni el último que hace público su sentir y su experiencia al respecto, pero has caído aquí y es mi misión trasladarte el mensaje.

La autoayuda y el crecimiento personal forman parte de esas realidades de las últimas décadas que, al conocerlas, uno las asume como buenas desde el primer momento. Si te fijas, son también palabras talismán como “democrático”, “cultura”, “arte”, “progresismo”, “diversidad” o “derechos”. Nadie puede estar en contra de la ayuda, o de crecer. Es de cajón y todos lo aceptamos con buena intención.

Hasta ahí bien. Pero, ¿crecer hacia dónde y con qué? ¿Ayudar a qué y cómo? En la letra pequeña está la chicha.

Para mí la autoayuda se resume en adquirir unas técnicas y unos conocimientos que conseguirán que yo sea mejor persona, tenga más éxito y me vaya mejor por mis propios esfuerzos y logros. Es más, todo eso lo aplicaré para ayudar a otros, con lo que la satisfacción será mayor.

O sea que, además, se marca otra tendencia de este siglo, la individualidad, la autosuficiencia. Podría decirse que tampoco eso es malo, desde la óptica de no molestar a los demás, de no depender de nadie. Y menos desde la de ayudar. Aunque la secuencia suele ser: primero yo y luego los demás.

Depender de otros por falta de responsabilidad y dejadez, desde luego, no es aconsejable. Pretender no depender de nadie nunca y hacer todo solo es un suicidio y una quimera. Entre esos dos extremos está, para mí, la virtud y se acerca más a la dependencia sana que a la autosuficiencia, por más que yo haya mamado el individualismo y sea una persona muy independiente.

En esa carrera por ser mejor, actuar mejor, tener más éxito y dominarlo todo por propios méritos se esconden 4 ideas que para mí han resultado muy dañinas y por eso las comparto:

1) Supuestamente necesito mantenerme alerta para que mi mente maneje muchas cosas a la vez, que aprenda y memorice un montón de conocimientos y que los aplique eficazmente.

2) Si no consigo aplicar mis aprendizajes o si no obtengo resultados, el culpable soy yo. Por lo tanto, me castigo y estoy solo ante mí mismo. En teoría no tengo por qué agobiarme ni pedirme más de lo que puedo, pero yo he notado una tendencia a castigarme o a estar triste o desanimado por no hacerlo bien. Dependerá del carácter y manga ancha de cada uno.

3) Al estar continuamente centrado en mis aprendizajes, mi éxito, mi rendimiento, mis conocimientos, existe una tendencia al juanpalomismo, a mirarse el ombligo, o ya dicho más finamente, al narcisismo. Por cierto, el problemón del siglo, de esto hay poca duda pero no me quiero desviar del tema. También existe una tendencia marcada hacia la soberbia y la autosuficiencia.

4) A resultas de todo lo anterior, una consecuencia lógica suele ser prescindir de Dios o tenerlo como algo etéreo, una fuerza, un algo (el ya famoso Universo) que a duras penas sostiene mi esperanza en una especie de espiritualidad a la carta. ¿Para qué necesito a Dios, a quien no veo ni toco ni oigo, si yo puedo alcanzar “el éxito” con mis propios medios, con ese abanico infinito de cursos, técnicas energéticas y teorías de automejora? Será cuestión de estudio y de perseverancia, ¿no?

¿Acaso no querrá el propio Dios que yo sea autosuficiente?

Pues no, amigos. En este punto, uno llega al nudo gordiano del problema, incluso aunque no se lo plantee conscientemente. ¿Prescindo o no de Dios? Y la pregunta, que lleva vigente ya unos tres siglos porque antes ni se lo planteaban, nos sigue interrogando en una civilización segura, llena de tecnología fascinante que nos ahorra trabajo y sufrimientos físicos, donde vivimos muchos más años que antaño y con mejor calidad de vida y que se las da de responder a todo con una teoría científica.

Yo nunca prescindí de Dios, afortunadamente, pero le orillé. Lo tenía allí, para cuando pasara algo grave que no podía controlar con mis técnicas y conocimientos maravillosos.

Cuando volví a confiarle mi vida, las cosas empezaron a cambiar para bien. Dejé de querer controlarlo todo. Me confesé incapaz de abarcarlo todo, tanto en mí como en los demás, incapaz de cambiar algunos comportamientos contra los que llevaba luchando años, y se lo dejé a Él. Solté las riendas y cambié las teorías psicológicas y de las energías por las instrucciones que recibimos hace dos mil años, que están ahí, sencillas, gratuitas y accesibles a todo el mundo. Y probadas por la experiencia de miles de años.

Esta es la verdadera pregunta existencial. ¿Vivo con Dios o sin Él? ¿Le acepto como compañero, como realidad viviente, como pilar de mi vida, o lo dejo como telón de fondo sin capacidad para afectar a mi vida y a mi corazón? ¿Me atrevo a intentar una relación directa con Él, o lo mantengo en un discreto segundo, tercer o quinto plano?

No se trata de borrar cualquier conocimiento que me ayude a ser mejor. No se trata de no mejorar, ni de no crecer. De lo que hablo es de dónde ponemos el corazón y la confianza. Y sobre todo, en quién.

Te invito a que lo compruebes. Lee la palabra de Dios, y ponla por obra. Haz lo que Cristo aconseja y verás que la vida comienza a cambiar. Sin éxitos rotundos, sin fenómenos espectaculares (bueno, al menos no siempre), sin vidas irreales, pero la alegría interior y las relaciones personales comienzan a recuperarse.

Las instrucciones son bastante sencillas. Amar al prójimo como a ti mismo. Y amar significa buscar el bien del otro sin contrapartida. Y tomar como referencia a Dios y su palabra, en vez de realidades humanas. Así de simple. No es fácil, no nos engañemos. Pero es mejor. 

Vivir no consiste en SABER. Consiste en AMAR, y amar se ama en comunidad. Se ama a Dios y a los demás, y a uno mismo. No sé si se aprende. Yo creo que se practica pero por delegación del Espíritu, no por habilidad personal. Es una especie de simbiosis entre Dios y nosotros.

No es el objetivo de este artículo el explicar la doctrina cristiana. Otros pueden hacerlo mejor que yo.

Yo sólo quería compartir mi experiencia y afirmar que el crecimiento personal tiene una parte aparentemente beneficiosa, que es la de responsabilizarme de mí mismo, de mis actos, de mejorar lo que puedo mejorar y de aprender a razonar mejor. Pero tiene otra que arruina lo anterior, y es el narcisismo y el abandono de Dios. Me temo que la primera es la vaselina para la segunda.


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