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V 1/03/2019

La sonrisa, una nueva arma secreta

Todos hemos visto alguna vez a algún niño pillado en una gamberrada, intentando excusarse. Uno no puede menos que sonreír. Igual estos días en el Tribunal Supremo.

Impagables los interrogatorios de estos días, donde los acusados discurren fórmulas lingüísticas arriesgadísimas para vestir a la mona de seda. Un auténtico espectáculo. La realidad paralela en que viven o actúan, ya con tintes paranoicos, se sustenta en palabras mágicas repetidas y difundidas hasta la extenuación, y en interpretaciones dadaístas. En esa meta-realidad encontramos leyes que no se leen ni se admiten, pero se votan, leyes que se votan pero no importan porque son declaraciones sin la menor relevancia (aunque, sin embargo, son solemnemente declaradas), concentraciones pacíficas, cívicas y culturales donde dos coches de la guardia civil salen destrozados suponemos que por efecto de los cánticos y el amor, funcionarias judiciales que escapan por un tejado por miedo a pasar por un pasillo de alegres y cívicos demócratas, protestas multitudinarias donde paran para merendar y comer (sin enseñar la comida cuando mastican, imagínense qué civismo), repúblicas que se declaran solemnemente pero ni existen ni han existido, masas de votantes que pueden imponer su voluntad (siempre cívicamente) a las decisiones del más alto tribunal… Misterios insondables.

Por ejemplo, si yo cívicamente ocupo la vivienda de mi vecino, y meto allí a 50 amigos hasta que lo echo, y luego me instalo cómodamente para los restos, yo no estoy robando, ni okupando sino accediendo al universal derecho a la vivienda. ¿Entienden? Y sonrío y ya está.

La actividad política, según la versión de los acusados, puede albergar casi cualquier cosa que uno pueda imaginar, legal o no. Por medio del adjetivo “político”, que tiene propiedades mágicas, se anula toda responsabilidad y/o eficacia de los actos. La política es para ellos, por así decirlo, como un juego donde todo vale durante un rato, para luego volver a la realidad de los adultos. Esto resulta enormemente útil para conducirse sin cortapisas legales siempre molestas.

Ignoro qué alcance tiene esta nueva estrategia política que consiste en imposibilitar la comunicación creando paranoias. Una vez eliminado cualquier escrúpulo ya sólo queda la Justicia, donde la exactitud del lenguaje puede, en principio, protegernos de la paranoia, y podemos confiar en esa parte de la ciudadanía que aún no se ha contagiado de ella. En donde yo vivo, por ejemplo, el Ayuntamiento, gracias a Dios, no nos ha puesto un megáfono tipo muhecín por las mañanas para recordarnos lo que tenemos que pensar, como en Vic. Mi ciudad es un reducto de cordura.

Es una estrategia nueva, como casi todo en estos tiempos, como las guerras cibernéticas, como las redes sociales. No hay armas, ni tanques, ni sublevaciones militares. Eso son soluciones toscas y decimonónicas, son cansadas, sucias, requieren riesgo físico y no pueden disfrazarse con palabras mágicas. En la rebelión 5.0 no se gastan balas ni se coge una pistola.  Sólo hay un machacón discurso repetido hasta secar la boca, supuestamente amparado en valores universales (paz, cívismo, derechos, libertades, democracia) prostituidos sin el menor pudor. Se necesita dinero, paciencia y mucha manipulación, pero armas, en principio, no. Eso va después.

El resultado es el mismo que en la rebelión militar: se prescinde del ordenamiento jurídico y se instituye otro más acorde con los intereses de los rebeldes. Como el fascismo, pero sonriendo.

Un reto para los magistrados del Tribunal Supremo interpretar las leyes en esta nueva modalidad de presunta rebelión o sedición vestida de lagarterana. Cómo basarse en unos textos legales redactados hace décadas, cuando esta situación era impensable, para acertar en el veredicto, visto el auténtico objetivo, claro y diáfano para todos (porque lo hemos visto por televisión, como Rajoy y Soraya), de subvertir el orden constitucional y adueñarse de lo que es de todos los españoles.


Vivir conscientemente