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D 8/04/2018

Letizia, la Antipática

No, no vamos a hacer un mundo de un mal día, de un feo ocurrido en un domingo de Pascua, pero los detalles dicen mucho, especialmente los pequeños detalles. Uno puede llevarse muy mal con la suegra, ser muy celosa con las fotos de sus hijas y estar harta de que su abuela se meta donde no la llaman, pero de ahí a montar el numerito de la salida de la catedral de Palma, en público y sin disimulo, hay un trecho que lleva directamente al descrédito.

Las monarquías modernas son símbolos, figuras casi decorativas cuya única razón de ser es la imagen que desprenden y los ritos que ejecutan, sus discursos, y poco más. Por desempeñar ese papel y tener una vida cuanto menos acomodada y glamurosa cobran una jugosa cantidad del presupuesto estatal, y la ley les permite pasarse el testigo de padres a hijos como si de una herencia se tratara, pero sin pagar nada. Si resulta que fracasan también en su papel simbólico, ¿qué razón queda para mantenerles? ¿Hasta cuándo?

Felipe VI sabe que la supervivencia de la monarquía española va ligada a su imagen pública, es decir, al papel que juega como símbolo de la nación española, de su unión por encima de ideologías, regionalismos y modas. Una monarquía que transmita mal rollo o que no cumpla con su cometido tiene los días contados.

Letizia lo sabe, cómo no lo va a saber. No hay que ser un lince. Pero emocionalmente no controla sus actos. Su soberbia y su mal carácter la pueden y desbaratan el trabajo de toda la familia, especialmente de su marido, el Rey. La secuencia de detalles del famoso vídeo no tiene desperdicio.

No permite que la Reina emérita se haga una foto con sus nietas, pero lo hace por las malas, interponiéndose de espaldas entre el fotógrafo y el grupo. No es capaz de expresar su desacuerdo a doña Sofía, lo que indica que no hay comunicación entre ellas, que el conflicto es profundo.

Más tarde llega el detalle más infantil, el que denota desequilibrio emocional e inmadurez: borrar con el dedo el beso de doña Sofía en la frente de su nieta. Es una pataleta en toda regla: no sirve para nada e intenta expresar su  enfado de una manera ofensiva, como negándole a la abuela el contacto físico o el afecto de su nieta. De hecho expresa repugnancia por doña Sofía que, eso también debería saberlo, es la joya de la Corona, la reina más querida y que se ha ganado el respeto por su profesionalidad, aguante, discreción y elegancia. Y siendo griega.

Por esa razón la opinión pública, expresada en el gallinero de las redes sociales, ha hecho una cruz sobre la persona de Letizia.

Felipe VI a buen seguro le cantó las 40 a su mujer tras el serio incidente de la catedral. Lo que le faltaba después de recuperar la bajísima popularidad de la institución que dejó su padre a cuenta de sus cacerías, viajes, amoríos y deslices.

Los efectos del rapapolvo se hicieron evidentes en la escena de la llegada al Hospital de la Moraleja, donde había ingresado horas antes el rey emérito: sonrisas forzadas, gestos poco comunes (abrir la puerta del coche) y abracitos momentáneos al cederse el paso a la entrada y la salida del edificio. Un escrutinio de las caras de ambas mujeres no invita a creerse la escena. Tan sólo consuela que se hayan puesto las pilas y Letizia esté, al menos, dispuesta a comportarse de acuerdo al puesto que desempeña.

El pueblo español no le va a perdonar fácilmente, sobre todo porque nunca ha caído bien. Su cara de palo, su aparente falta de amabilidad y calidez la convierten en un hueso duro de roer para la simpatía popular. Qué le vamos a hacer. Que se hubiese quedado en el periodismo.


El Blog de Juan Presa