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J 9/03/2017

Lo que se nos pide

Vivimos mucho mejor que en ninguna otra época pasada. De esto se han publicado libros con cifras y estadísticas completas sobre todos los órdenes de la vida (alimentación, medicina, libertades). Pero sucede como en algunas empresas familiares, que los hijos a veces no están a la altura de los padres. No porque sean peores o mejores sino por las condiciones en que se educaron: crecieron entre algodones, con el futuro asegurado, sin privaciones. Por eso se dieron a la vida cómoda, no lucharon.

Políticamente nos está pasando algo parecido. Ya sabemos que el mundo está irreconocible. Nos hemos acostumbrado al sistema político de libertades, al Estado de Derecho, pero lo sabes tú como lo sé yo: lo bueno nunca dura eternamente sin hacer nada. Suelen surgir amenazas serias con el paso del tiempo, porque siempre hay quienes se dedican en cuerpo y alma a estos menesteres, es la historia del mundo.

Ya pasó la época del 23-F y las amenazas de golpes de Estado violentos. En nuestro tiempo ya no se hace así. Aunque Rusia, que sigue fiel a su tradición, ocupa ilegalmente territorios ajenos, las guerras de este siglo no se hacen con ejércitos, sino con información. Alemania, Rusia, Estados Unidos ya han creado su ala informática de las Fuerzas Armadas. El ejército virtual. ¿Alguien cree que el desembolso de mantener el canal de noticias RT, que inunda YouTube, principal medio de información de los millenials y más jóvenes, es un capricho de Putin o que le sobra el dinero?

Tanto la ONU como la UE y todas las grandes potencias (incluido el simulacro ruso de democracia) abogan por el sistema democrático. Por lo tanto, toda amenaza real con visos de éxito debe pasar por las formas democráticas. Y amenazas las hay, de eso no hay duda, y muy serias.

Los intentos de desestabilización se ven claros. La ineptitud de la clase política dirigente (en nuestro caso el fango de la corrupción en el PP) sólo hace más fácil el camino. La idiotización parcial por medio de un sistema educativo deficiente completa el cóctel explosivo. En Europa hay partidos populistas en todos los países, y todos están accediendo al poder por el mismo método: la propaganda de la era de Internet, pura tecnología.

La gente está quizá harta de que se hable tanto de Venezuela. Así como España fue modelo de una transición pacífica desde una dictadura a una democracia, Venezuela fue el paradigma de fraude democrático, pero eso sólo lo sabemos recientemente. Chavez llegó al poder como un partido más, reclamando la voz de un pueblo abandonado (y lo estaba, mientras las élites disfrutaban en solitario de las bondades de uno de los países más ricos de Sudamérica). Prometió, como hacen todos, la luna con guisantes. Diez años más tarde, la pobreza reina en Venezuela, hay que hacer cola para comprar pan, los alimentos están racionados, y la clase dirigente chavista ha robado todo el dinero y se lo ha llevado. Por el camino han pisoteado los derechos humanos y han encarcelado a los opositores.

Los que están más hartos de que hablemos de Venezuela son los líderes de Podemos, porque la reciente historia de aquel país es el libro de instrucciones con el que han llegado al 20% de votantes. Cuando se saca el tema, recurren al desdén. “Ah, sí, ya estamos con Venezuela. A ustedes les conviene hablar de Venezuela para no hablar de la corrupción”. Bueno, a ellos les conviene hablar de la corrupción –razones no les faltan a ellos y al resto– para que no se les vea el plumero. ¿Alguien se cree que Podemos quiere instaurar una dictadura de izquierdas en España o que terminaremos en la miseria? No, verdad. Nadie se lo cree. Os aseguro que poca gente se creía la victoria del Brexit en Inglaterra (y eso que la cuestión no era de vida o muerte), y tampoco Trump parecía una apuesta ganadora en Estados Unidos. Pues ambas son reales hoy, ahora.

Las estrategias de Podemos (que no son exclusivas de ellos, también las utilizan otros partidos, pero con mucho menos éxito y con otros objetivos) son puramente mediáticas y se centran en Internet y en las redes sociales. Es una campaña electoral continua que se traduce en símbolos, gestos, polémicas, puestas en escena que buscan monopolizar el discurso, cansar a la gente, confundirla y quedarse con dos o tres mensajes muy simples: que ellos son la voz del pueblo. En otro artículo abundaré en esta cuestión.

Lo que me preocupa, y es la razón fundamental para escribir este artículo, es que la gente se traga el anzuelo, y no lo hace gente ignorante o cándida. Lo hacen personas que uno considera inteligentes. ¿Buena fe? ¿Una confianza desmedida? ¿Un deseo ardiente e irrefrenable de cambio a cualquier precio? ¿Una salida desesperada? Sesenta millones de americanos votaron a Trump, y eso es difícil de asimilar. Lo hicieron a la desesperada.

Pero Podemos no es Trump. A mí todo lo que provenga de la escuela chavista y cubana simplemente me pone en guardia porque nadie, y menos yo, quiere para su país la miseria y otra dictadura.

¿Por qué hablé al principio de los hijos ricos de los empresarios? Porque a nuestros abuelos les tocó luchar por las libertades en campos de batalla, en las calles. A nosotros no se nos pide que cojamos un fusil, afortunadamente. Se nos pide que no seamos idiotas y no nos creamos toda la basura que viene por Internet y por las redes sociales. Que escojamos con mucho cuidado de quién nos fiamos, qué medios leemos, qué se nos dice por televisión, cuál es el mensaje de las tertulias. Se nos pide que nos informemos aunque nos lleve un poco más de tiempo. Sí, ese que no tenemos después de trabajar y jugar al Candy Crash.

Ah, y se nos pide que participemos y que nos involucremos, sobre todo los que tenemos buenas intenciones pero ninguna gana de meternos en política y en líos. Si nosotros no ocupamos nuestro espacio, lo ocuparán otros.

 


El Blog de Juan Presa