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V 31/03/2017

Los platos rotos del Brexit

La Primera Ministra británica, esa mujer larga, huesuda, gris y cargada de espaldas, metafóricamente vencidas bajo el peso del mayor error político de la década, ha entregado puntualmente la carta de divorcio a la Unión Europea este 29 de marzo de 2017 a la hora del lunch. Lo ha hecho su cartero real Tim Barrow en Bruselas y Tusk ha respondido que ya les echa de menos, lo cual ha sonado un tanto cínico. Se les echará de menos pero también dejarán de ejercer de "especiales".

¿Y ahora qué?

Teniendo en cuenta cómo se produjo el Brexit, el estrecho resultado a favor, el momento escogido, y las razones esgrimidas (si se pueden llamar razones) por sus partidarios, no es difícil aventurar cuáles serán las consecuencias de esta ruptura: pérdidas económicas considerables, desencuentros y mucho papeleo; tiempo perdido.

Y como en todos los fracasos: lecciones para aprender y oportunidades. La Unión Europea se pondrá las pilas y en Reino Unido tendrán que recomponer el país, empezar a escuchar a las clases más desfavorecidas y detener el populismo y el materialismo rampante.

 ¿Acaso por reducir la inmigración comunitaria, que era la menos problemática, no contribuir a la Unión y salir fuera del mercado común, alguien se cree que va a nacer una nueva Gran Bretaña, más libre, más justa, y de la que estar más orgulloso como dice May en su carta? En absoluto. No me sorprendería que los populistas del UKIP siguieran echando la culpa de sus males a la UE durante la negociación del acuerdo, pero el victimismo tiene sus límites. A ver cómo hacen para solucionar los graves problemas del país sin la excusa de la UE, esa rémora.

El Brexit, por mucho que lo deseen sus detractores, no va a ser una catástrofe, y el Reino Unido es la quinta potencia económica mundial, así que se las arreglarán para salir adelante. Lo que no es tan evidente es lo que perderán, lo que podría ser y no será, cosas poco medibles en las estadísticas. Los encuentros, las oportunidades, las sinergias.

El juanpalomismo es algo tan británico como el té de las cinco. No pueden evitarlo. En cuanto se descuidan caen en la misma costumbre. Otrora no les fue tan mal, pero en estos tiempos la soledad se paga y ya no son lo que eran.

Reino Unido es un país profundamente dividido: viejos contra jóvenes, brexiters contra remainers, norte contra sur, tories contra laboristas, Londres contra la periferia, nacionales contra inmigrantes y los cada vez más numerosos pobres (a quienes llaman chavs) contra los cada vez más ricos ricos. Y por si fuera poco, ahora Gales y Escocia parecen resucitar sus ínfulas independentistas, otra fractura más. El Reino Desunido. Puede que esta prueba logre unirlos de alguna manera, y que se perdonen mutuamente. O no, y que se produzca un descalabro mayúsculo. Nadie lo sabe. Aquí se demuestra que se puede meter la pata hasta el fondo y que después hay que pechar con las consecuencias.

La realidad de la Unión tampoco es muy halagüeña: amenazas de desintegración, varias velocidades, divergencias entre países, 70 millones de pobres, la vergüenza de los refugiados rechazados, incapacidad de decisión y unas instituciones que tienen que decidir si avanzan o dan marcha atrás. La Unión, si tenía principios, ha ido dejándolos por el camino. Los europeos empiezan a estar cansados de una estructura de poder poco clara, que sienten lejana y compleja, que en realidad no votan (el Parlamento Europeo es un florero muy caro), algo vaciada de contenido y que toma decisiones muy dudosas. Burocracia y gastos, en fin.

Pero como decía antes, de todo se aprende y las crisis son el motor del cambio. Los humanos sólo aprendemos a golpes, dándonos contra la pared de nuestra obstinación.

No voy a poner en duda el valor de la Unión, yo soy europeísta, pero tampoco las dificultades que afronta. De nuevo los populismos están revolviendo el gallinero y siempre es más fácil empujar a las masas hacia el proteccionismo echando la culpa a otros que avanzar en una integración que exige principios, claridad de metas, una apuesta por los más vulnerables, sacrificios, aceptar lo diferente y trasladar soberanía.


Fotografía: Calle de Mánchester (UK).


El Blog de Juan Presa