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L 13/11/2017

Menudo pájaro

Hace poco he cumplido 8 años en Twitter y para celebrarlo estoy pensando en cerrar la cuenta o dejarla dormir el sueño de los justos. Parece una decisión muy osada siendo un medio de comunicación tan en boga, un hilo directo con grandes personajes del mundo, por el que recibir sus ocurrencias diarias o esa noticia tan imprescindible para vivir, ese “buenos días”, o ese “tengo frío” o “me ha gustado tal cosa”, los profundos pensamientos de Rajoy, Trump… Ocho años ya dan para hacerse una idea de lo que ofrece Twitter. Es una de esas aplicaciones que yo llamo “ludopática” porque están pensadas para mantenerte el máximo tiempo posible pegado a la pantalla, pasando ese pupurrí interminable. Hay tuiteros ocurrentes. Son los únicos que hacen que merezca la pena el tiempo invertido. Lo demás, como digo, fruslerías o noticias repetidas, y una masa enorme de majaderos, palabra muy tradicional pero socorrida. Majaderos que insultan, descalifican, retuitean a los suyos y actúan de meros loritos. O que te informan de su cosita particular, de su negocio, de su promoción. Y anuncios.

El algoritmo de Twitter es tan inteligente que prioriza los temas que has mirado últimamente. Lástima que no sepa que no me gusta la inercia ni la rutina. El pobre no puede saber cuándo me he hartado de un tema (por ejemplo, Cataluña, que harto es decir poco). Es lo que tienen las máquinas cuando intentan adivinar las intenciones de los humanos, ese gran hallazgo del BigData, que ya veremos el recorrido que le queda. Twitter, como Facebook, es una excelente fábrica de cámaras de resonancia, de burbujas ideológicas. Vamos, lo contrario de lo intelectualmente saludable, que es leer un poco de todo y escuchar versiones variadas de fuentes diversas.

Quiten la delicadeza, la educación, el respeto y el pudor de una relación humana presencial y les queda Twitter

Luego Twitter parece que da una falsa sensación de relevancia social, ya que emites tu frase genial y crees que será leída de veras o que tendrá una mínima repercusión. No digo que no la tenga para personajes famosos, pero ¿y yo? ¿Y gente como yo? Entiéndanme. Yo no he querido nunca ser relevante, como mucho entre mis amigos y conocidos por aquello de ser escuchado y no ignorado. Me la trae floja la fama, pero tengo mis momentos. A veces se indigna uno tanto, lo ve tan claro, que desea con vehemencia que los demás se enteren de su opinión. Quiere uno difundir la verdad, mi verdad. Craso error hacerlo a través de tan peregrina plataforma. Twitter es un marco perfecto para la anticomunicación, para la frase pegadiza sin sentido, para el famoso zasca, para intercambiar lugares comunes, para oyentes sordos. Intenten mantener una conversación medianamente interesante en frases de 200 caracteres. Y luego está el “corazón que no ve, corazón que no siente”, porque en línea se dicen cosas que jamás se dirían a la cara. Quiten la delicadeza, la educación, el respeto y el pudor de una relación humana presencial y les queda Twitter.

Además, ¿se han fijado en las noticias de los últimos meses? Los políticos, y por ende los países, las instituciones, se expresan socialmente a través de sus tuits. Los noticiarios no hacen sino reproducirlos. ¿Soy yo raro o siempre me ha parecido que la actualidad va más de hechos que de opiniones? Creo que el periodismo debería ir mucho más allá del tuit de turno. Las noticias en España de las últimas cuatro semanas han versado sobre opiniones, dimes y diretes de los políticos y tertulianos de turno. Ya está bien de tanta palabrería. Y si entra en escena el populismo, la farsa y el delirio, como en estos últimos tiempos, nos encontramos con obras maestras del absurdo, con expresiones que dudo entiendan ni los propios autores.

Me pueden decir que es una herramienta de comunicación como otra cualquiera, y tienen razón, pero, como he dicho, no se trata de los tuits, sino del algoritmo, de la burbuja y de que la gran mayoría la usa para sacar lo peor de sí.

Otro día hablaré de Facebook, quizás. Devolviendo el tiempo que les dedicaba a Twitter y Facebook a mi vida interior, a mi trabajo y a las personas que me rodean, creo que va a ser un subidón inmediato de felicidad, muy fructífero. La fama y la relevancia mundial, para quienes se presentan diciendo su número de seguidores. El tiempo es un bien tan precioso que no merece la pena ser malgastado en chorradas. Me lo ha dicho un pajarito. Pero no era azul.


El Blog de Juan Presa