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D 14/05/2017

No salimos de la crisis, ni de nuestro asombro

Todo profesional que me encuentro que sirve al público me traslada la misma impresión. En la última ocasión, fue un arquitecto que, después de haber hecho cientos de inspecciones técnicas de edificios, me confesó el declive en las condiciones de vida de los clientes que visita. Casas sin pintar desde hace años, desconchadas, en situación ruinosa.

En mi propio negocio de desarrollo web me enfrento también al progresivo empobrecimiento de mis clientes, actuales y potenciales. Muy poca gente tiene dinero para gastar. Los que lo tienen son minoría, y tienen de sobra. El resto, la mayoría, tienen cada vez menos y reservan ese gasto para lo imprescindible, o para lo que realmente necesitan. El resultado es que se siguen necesitando servicios profesionales, pero apenas se puede o pretende pagar un precio ridículo por ellos. La línea que marca la diferencia es la necesidad, y esto lo deciden factores muy variados, pero destaca el factor legal, los servicios de interés público y los legalmente obligatorios.

Muchas empresas sí pueden pagar mejores sueldos (o repartirlos más justamente) pero se aprovechan de la situación. Si el servicio no es imprescindible, se opta por profesionales mucho peores que cobran una miseria. En algunos casos funciona hasta cierto punto, en la mayoría no.

Las diferencias se acentúan entre las dos grandes capitales (donde hay más gente acomodada) y las provincias. Madrid y Barcelona se convierten en islas de bonanza económica. Allí viven los políticos a escala nacional. Quizá sea la razón por la que algunos de ellos se atreven a afirmar que hemos dejado atrás la crisis. Los que sobrevivimos fuera de las tramas, no salimos ni de la crisis ni de nuestro asombro. La crisis no la hemos dejado atrás, sino que se ha cronificado en una nueva clase social, la de los trabajadores pobres, que no engrosan las cifras del paro, no le cuestan al Estado, pero viven con lo mínimo, no llegan a fin de mes. De modo que aunque el desempleo disminuya, no lo acompañan los efectos; no, desde luego, en la medida que lo hizo en recuperaciones pasadas. Apenas se anima la economía ni se mueve el dinero.

Pocos se pueden dar pequeños o grandes caprichos. Pocos se lanzan a gastar en proyectos o hobbies o ilusiones personales. Los hospitales, que sufrieron graves recortes de personal y presupuestos, siguen en la misma situación, incluso después de que oficialmente “se ha terminado la crisis”. No hay médicos ni maquinaria suficientes. Las carreteras siguen sin mantenerse. La investigación y la educación, bajo mínimos. La corrupción desvía miles de millones de euros públicos a manos privadas.

¿Sólo porque no estamos al borde del abismo y los bancos no están a punto de la bancarrota, se atreven a proclamar el final de la crisis o a hablar de recuperación? Hay que ver lo que cambian los cánones y lo que hacen las ganas de salir del túnel. Hace años si a un becario universitario le hubiesen ofrecido menos de mil euros mensuales habría rechazado la oferta. Hoy por quinientos euros (o gratis, por desgracia) les parece una oportunidad de oro. La verdad es que, si es una estrategia, ha sido magistral. Pero no va a funcionar. No a nivel global del país. No se puede pretender tener un país próspero en medio de la pobreza más absoluta, por mucho que se mienta en televisión y se difundan discursos triunfalistas, mientras ciertas élites acumulan más y más riqueza.

Me pregunto si medidas como la de subir el salario mínimo funcionarían. ¿De qué sirve un trabajo si no te da para vivir? ¿Deberíamos seguir “tolerando” sueldos de vergüenza como mal menor? ¿Y qué hay de los sueldos millonarios de directivos y ejecutivos de empresas donde se paga una miseria a los trabajadores?

En Francia, Macron representa la victoria de la renovación dentro de la cordura. En España, Dios sabe cuánto tardaremos en darnos cuenta.


El Blog de Juan Presa