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S 4/03/2017

¿Por qué la polémica del autobús naranja no tiene ningún sentido?

Va siendo hora de zanjar, al menos por el momento, esta agria polémica, de la que he comentado en las últimos dos entradas del blog. 

El sexo no está en el cerebro ni en los genitales, pero los genitales son claramente el signo determinante para asignarlo en el nacimiento. Es una característica global de la persona. Se nace hombre o mujer. Las personas transexuales sufren una alteración llamada disforia de género que les lleva a sentirse de un sexo distinto al corporal y son apenas un 1% de la población.

La cuestión de la polémica parece ser si debemos llamar a esto normal o no. Y para reducir el sufrimiento de estas personas, se pretende cambiar el concepto general de la sexualidad de todos, asumiendo una alteración como normal.

El maniqueísmo ideológico se está haciendo demasiado frecuente. Se manejan ideas generalizantes sin matices y se incide más en el desacuerdo que en lo común. A los medios les encantan las polémicas, los conflictos y la información con opinión gratuita. Son oro puro porque vienen bien para el negocio: clics, ingresos publicitarios y votos. Y los partidos políticos acuden a la pelea para animar.

La RAE dice que “normal” es lo que se halla en su estado natural, o que se ajusta a ciertas reglas. ¿Soy yo normal? ¿Lo es usted? ¿No somos todos individuos únicos? Todos somos una excepción. Lo normal y lo anormal son conceptos variables pero necesarios para hablar de grupos. Si admitimos que las excepciones son normales, ¿para qué inventaron las excepciones? Si la transexualidad es una alteración (y claramente lo es, porque se hace necesario corregirla y requiere un tratamiento muy duro y de por vida) ¿qué hay de malo en reconocerlo? La transexualidad no es normal sino real, y desde luego no es lo ideal, ni siquiera una condición deseable. Es un problema que se intenta solucionar de la mejor manera posible.

El debate del autobús de Hazteoír no va a ninguna parte, pero demuestra por una parte los males del periodismo: informar opinando, de forma inexacta, y con sensacionalismo; y por otro, la eterna ideologización de los debates.


Para reducir el sufrimiento de estas personas, se pretende cambiar el concepto general de la sexualidad de todos, asumiendo una alteración como normal


Unos convencidos del "odio" de Hazteoír, y los otros convencidos del odio del "lobby LGTB". No sé si se han molestado en analizar la posición del contrario.

Nadie va a convencer a nadie insultando o imponiendo. Todos parecen contrarios a la discriminación, llamemos “normal” o no a este fenómeno.

Si hay un trabajo que hacer, ése es el de fomentar el respeto a estas personas, su felicidad, dándolas un trato normal y permitiendo los cambios legales adecuados (cambio del nombre del DNI, etc).

¿La defensa del transexual, como persona de un colectivo vulnerable, incluye imponer a los demás o difundir el concepto de que lo suyo no es una alteración o una enfermedad y que es totalmente normal? No lo creo. Las personas con celiaquía, por ejemplo, ¿han de sentirse de menos o atacados por llamarles celíacos?

¿Es justo decir de manera general a todos los niños que el sexo lo elige uno con independencia de cómo se nazca? Me parece que no. La disforia de género no se elige. Sólo los niños con disforia de género necesitan este tipo de apoyo.

El debate no va por buen camino, porque sólo se oyen insultos y prejuicios, los bandos de siempre. Ha sido una buena ocasión para analizar las leyes de no discriminación de diferentes comunidades autónomas, y creo que aquí sí hay un problema, porque coincido con HazteOír (sí, me pueden lanzar piedras si quieren) en que está triunfando una perspectiva de identidad de género dañina, o al menos, insana, que no aporta nada bueno y sí podría causar dudas, sufrimiento y una visión del mundo distorsionada.

 
Actualización del 6/3/2017
Los pediatras americanos afirman que la disforia de género es un desorden y que el 88% de los niños con dicho problema terminan aceptando su sexo biológico al pasar la pubertad.


El Blog de Juan Presa