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X 5/07/2017

Por un puñado de esfuerzos

La comodidad, con su aparente bondad y conveniencia, resulta ser uno de nuestros mayores enemigos. Un cronista del viejo régimen hubiera hablado del “pecado capital de la pereza”, pero recordemos que eso del pecado es cosa de curas. La comodidad ha sido el origen de gran parte de los males que nos afectan como sociedad postinternetiana. Recuerden los latiguillos de la publicidad que siempre anuncian el producto “fácil y cómodo” como si fuera el no va más. Sabemos que una parte del cometido del marketing es engañarnos lo estrictamente necesario. Qué bien, que nos quitan cosas que hacer. Así tenemos tiempo para lo verdaderamente importante (y aquí suelen poner una foto de una pareja, o unos niños), pasar tiempo con nuestros seres queridos, hacer deporte, o cultivarnos. O jugar al Candy Crash.

¿Recuerdan cómo empezó Google? Su éxito, aparte de los excelentes inventos que ha popularizado (como los mapas, y el buscador, no pretendo quitarle mérito) se debe a nuestra comodidad. En lugar de acceder a las páginas poniendo la dirección de una web concreta en la barra del navegador, el público iba directamente a Google y allí ponía la dirección. Les resultaba más cómodo. Si se equivocaban en una letra, el buscador se lo corregía y les evitaba ese medio segundo de “trabajo”. De esta manera se creó el monstruo que es Google hoy. ¿Era conveniente o  aconsejable pasar por una página privada para acceder a cualquier web? En absoluto, pero a nadie le importaba. Bueno, yo, humildemente seguí utilizando la barra del navegador. Cosas del rebelde que soy. Pues bien.. Se inventaron el cuento de la gratuidad. Un servicio gratuito que ha conseguido que vendamos nuestra privacidad (nada más preciado) por unas perras (los medios segundos que costaba encontrar una página web), y miren ahora el valor de Alphabet. Sí, así funciona todo. Correo electrónico gratuito, blogs gratuitos… Objetivo: saber de qué escribimos, quedarse con el fruto de nuestro trabajo y hacer parecer que no, compartiéndolo con el mundo. Ellos juran que protegen nuestra privacidad y que no leen nuestros correos. Sí, claro. Menos mal que son más honestos con la manera en que analizan y registran todos nuestros movimientos (cookies, aplicaciones, localización, etc). Nos piden permiso cada vez que entramos en un sitio web.

Por fortuna, Facebook no lo inventó el buscador, pero utilizó el mismo sistema para convertirse en el Gran Hermano mundial: nuestra comodidad y la falsa gratuidad. En este caso el servicio inicial de la red social parecía más interesante. Una página de noticias sobre nuestros amigos, familiares y gente cercana que hoy se ha convertido en otro soporte publicitario y de propaganda, al menos en un grado considerable.

Hoy día ¿cuántos negocios pasan de tener una página web propia y crean una página de Facebook? Está integrada con el aparato social, las notificaciones, las comparticiones, un interfaz de uso fácil y, lo más importante, es gratis. La palabra mágica. El problema es que Facebook es una empresa privada, un ecosistema cerrado. No toca hoy hablar de las diferencias entre una web y una página de Facebook. Quizá en otra ocasión.

Los problemas de salud a gran escala ocasionados por mala alimentación también tienen su origen en nuestra comodidad mal entendida. Los alimentos procesados venden comodidad (calentar en 5 minutos), única y exclusivamente, ya que poco más pueden ofrecer (sabor, quizá). Cocinar una comida sana puede llevar quince minutos, media hora, incluso más (no tanto como creemos). Pero preferimos envenenarnos o simplemente comer peor, por ahorrarnos el trabajo.

La lista de las víctimas de la comodidad es larguísima. Lo único que pretendo con este artículo es invitar a pensar al que quiera o se atreva, que tanta comodidad no compensa, que no es buen negocio. Que cuando desde el marketing o desde las modas sociales se nos promete comodidad, conviene mirar qué nos piden a cambio. A veces ahorrarse tanto esfuerzo significa renunciar a nuestra propia autoría vital, capitular en nuestros valores. Lo mismo pasa con la gratuidad. Igual que el camello regala droga a la puerta de un colegio para enganchar a futuros drogadictos, se nos ofrecen productos muy baratos o gratis a cambio de desmontar nuestra economía local, arruinar a nuestra comunidad, consentir la explotación laboral al otro lado del globo, productos malos o fabricados para ser desechados al poco tiempo y contaminar.

Incluso a la hora de educar o estar con nuestros hijos, es un clásico la utilización de tabletas y videojuegos para entretenerlos. Mientras reciben en vena información que a veces no controlamos, ni nos molestan ni tenemos que esforzarnos en hablar o jugar con ellos. No pretendo demonizar estos aparatos, pero admitamos que los utilizamos más de lo que sería conveniente y esto no sólo nos afecta a nosotros. Nuestros hijos se están convirtiendo en seres pasivos que necesitan estímulos contínuos para mantener una cada vez más débil atención. Nada de imaginar y crear sus propios mundos. Mejor ponérselos en bandeja. Nada de relacionarse con sus padres, con gente real de carne y hueso que quiere su bienestar.

El colofón lo ponen las dichosas aplicaciones de móvil cuyo mantra consiste en “con un sólo clic”. Se piden pizzas con un sólo clic. Qué terrible esfuerzo hacer dos clics pudiendo hacer uno. Claro ya se encargan “ellos” de decidir por nosotros, de aconsejarnos lo que más nos conviene y de guiarnos hacia los mejores productos. Nosotros hacemos el titánico esfuerzo de hacer ese único clic. Lo fundamental es mantener la vista en la pantalla.

Yo hace tiempo que dejé de vender lo más preciado por un puñado de esfuerzos o céntimos. ¿Y ustedes?

¿Nos estamos convirtiendo en una sociedad de perezosos?


Vivir conscientemente