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D 16/04/2017

Réquiem por el campo

A raíz de un programa de televisión emitido hace dos domingos se está hablando un poco más del despoblamiento del campo. El campo es una forma de vida que ha estado vigente durante muchos siglos y que está muriendo fruto del desinterés de los poderes públicos y de unas dinámicas culturales y económicas de la sociedad contemporánea que son claramente urbanas. Hasta la globalización es, en cierto sentido, urbana.

Miguel Delibes, primer ecologista que se conoce en nuestro país, ya lo denunció en su día. Él, que vivía y amaba el campo, ya vislumbró el principio del fin allá por los años 80.

Si tenemos que apuntar a un responsable principal, por más tópico que resulte, son  los gobiernos que no han defendido los mínimos de infraestructura e inversiones que necesitan los pueblos para sobrevivir. Ya sabemos, allí hay pocos votos. Pero tampoco los mismos habitantes de los pueblos han sabido revitalizarlos con iniciativas emprendedoras.

Los medios de comunicación, aunque pro-urbanos y hechos en las ciudades, han hablado del pueblo con un cierto romanticismo, como si fuera cosa de soñadores y bohemios.

Tampoco las empresas privadas han hecho mucho esfuerzo, aunque su culpa es menor que la de la administración, que está obligada a cumplir los criterios de igualdad consagrados en la Constitución (esa que tan poco se cumple). Por ejemplo, Telefónica apenas cumple sus obligaciones como operador universal ante la pasividad gubernamental y mientras las ciudades se llenan de fibra óptica, muchos pueblos aún no saben lo que es un hilo de cobre y si lo hay, la velocidad de la conexión es ínfima.

Internet era la última oportunidad para contrarrestar el aislamiento de algunos pueblos, pero ni siquiera han sido capaces de trazar un simple hilo, no digo ya unas carreteras dignas o centros de salud o escuelas, para salvarlos del abandono y de la emigración.

A pesar de lo que digan, y de que la mayor parte de la población desee vivir en una ciudad, déjenme recordarles por qué la vida en el campo es más sana y mejor y por qué hay razones para estar de duelo en esta muerte del campo:

  • La escala. El hombre está hecho para la pequeña escala. Es mejor tener cinco amigos que quinientos, enfrentarse a cincuenta calles que a cinco mil, rodearse de un grupo de gente conocida que de una multitud de desconocidos. En cuanto la escala se desborda en cualquier ámbito comienzan los problemas. Desaparecen las personas y aparecen los números.
  • La salud. El aire es más limpio, no hay contaminación sonora ni química.
  • La conexión con la naturaleza. Quizá no para todos, pero para muchos esa conexión es necesaria para el bienestar interior, y en la ciudad intenta saciarse con escapadas (a veces un tanto desesperadas) de fin de semana.
  • Las relaciones humanas. En una ciudad existe demasiada desconfianza frente al desconocido. En el pueblo todo el mundo se conoce, sabes a qué atenerte.
  • La economía es real, a pequeña escala. Los negocios dan un servicio a sus vecinos, de quienes saben sus vidas y sus dificultades. 
  • El ecologismo. En el pueblo se tiene la conciencia de que la tierra es el sustento de todos. No hay que enseñar ecología porque ya está integrada en la cultura. Se quiere y se cuida a los animales y a las plantas.
  • El espacio para disfrutar. En las ciudades la especulación hace que los precios de la vivienda se hagan inalcanzables, nos obligan a endeudarnos de por vida y a conformarnos con cubículos de 20 metros cuadrados mientras en el pueblo hay sitio de sobra para vivir dignamente, en casas ecológicamente eficientes, espaciosas. Y para tomar algo con un amigo no hay que recorrer kilómetros ni pasar horas en el transporte público. Está a tiro de piedra caminando.
  • La seguridad personal y alimentaria. Alimentos locales, sanos, baratos. No hay guetos de pobreza.

 

Todo esto configuraba un entorno mayoritariamente sano y lo hemos cambiado por ciudades indudablemente más interesantes y con más posibilidades laborales y culturales, pero también menos sanas. ¿En qué hemos ganado con la ciudad, y más aún, con las grandes capitales? ¿Todo vale por las oportunidades laborales?

El pueblo o las ciudades pequeñas no son capaces de atraer población pero precisamente porque están abandonadas y sin infraestructuras ni población.

Alemania, el país más boyante de la Unión, mantiene vivas todas sus infraestructuras regionales y locales. Las empresas se asientan en pueblos y ciudades pequeñas. Es una sociedad homogénea, sin tantas desigualdades y desequilibrios territoriales. ¿Por qué en España no pueden hacer lo mismo? ¿Dejaremos que el campo muera definitivamente?



El Blog de Juan Presa