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X 1/11/2017

Todos los santos

Estos días se multiplican en la prensa las noticias sobre el día de Todos los Santos, con permiso del circo Puigdemont y sus astracanadas, y los periodistas tiran de tópicos. Hablan del precio de las flores, de miles de personas acudiendo a los cementerios, dicen que es un día triste porque se recuerda a los muertos, y comentan sobre el duelo revivido. Y cómo no, aparece el dichoso Halloween, que este año se une a las costumbres mexicanas indígenas, los tronos de difuntos con comida y calaveras. Entre el Halloween actual y el original no queda el menor parecido. Disfrazarse de monstruo, zombi o bruja, o celebrar una especie de carnaval de otoño es lo menos parecido a recordar a los santos, pero claro, estimula la venta de disfraces, maquillaje y artículos de broma, es “divertido”, y los niños pueden jugar y entretenerse con historias tétricas, que es de lo que se trata, parece ser. Y sobre todo, obvia la religión cristiana, que es una tendencia en auge, muy palpable.

Reivindicar y vivir el día de los Santos con su sentido cristiano auténtico no activaría tanto el consumo, cierto, pero le devolvería su sentido sanador y alegre, una terapia gratuita, sencilla y universal contra el sinsentido, el negativismo y la cultura de la muerte. En el día de los Santos, los cristianos celebramos a los que ya pasaron por este mundo haciendo el bien, es decir, están muertos para la vida terrena pero vivos en el otro mundo, y también celebramos a los que viven en santidad aquí, entre nosotros. O sea, es una fiesta de vivos. Para un cristiano la muerte es sólo un paso, una etapa que el Apocalipsis llama sonoramente “la gran Tribulación”, y que termina en otro mundo, espiritual. El duelo es importante y la tristeza lógica, incluso necesaria, pero después deberíamos estar alegres porque esa persona está viviendo una vida mejor y eterna. La vida sigue, que se ha dicho siempre. Caso de que ese ser querido hubiese vivido de forma amoral o con odio, que nos hiciera pensar en una negación de Dios o de sus leyes fundamentales, la cuestión es distinta. En ese caso, esta fiesta no le corresponde.

Mucha gente no cree en esta doctrina y prefiere creer que no hay nada, que nuestros cuerpos se disuelven en una masa informe; o prefieren quedarse en una fe difusa, inconcreta, que no aborda la cuestión y la deja en suspenso, porque piensa que la muerte no le va a tocar mañana o porque sencillamente no le apetece pensar en ello.

Haríamos bien en distinguir las teorías de anteayer de las que llevan siglos con nosotros y tienen elementos históricos sobradamente probados incluso por la ciencia. El cristianismo no es una ocurrencia, ni una fe de costumbres superficiales, ni tan siquiera una forma de meditación. Nuestros ancestros nos han pasado esa fe y en innumerables ocasiones con un ejemplo de vida concreto y real.

Un correcto sentido de la trascendencia, la consciencia de que existe otro mundo, harían milagros contra la superficialidad que nos rodea y contra el reinado de los sentidos primarios que nos impide profundizar en asuntos que no se huelen, tocan, degustan, ven u oyen. Es decir, no se envían por el whatsapp.

Podría pensarse que Halloween no hace daño a nadie, que es sólo una fiesta divertida y colorista. Yo disiento. Creo que tapar una fiesta de sentido trascendente como Todos los Santos con una carnavalada nos arranca una posibilidad más de crecer, sobre todo a los niños y jóvenes, que están tan faltos de elementos trascendentes, éticos y espirituales. Disfrazarse se puede hacer en cualquier rato de ocio.

Los efectos de la descristianización los estamos viviendo ya, aquí, hoy. No es objeto de este artículo señalarlos ni analizarlos, pero es evidente la falta de referentes morales, incluso aunque se hayan multiplicado las teorías de autoayuda y positivismo, que sin duda arrojan algo de luz, de racionalidad y de autocontrol al baqueteado hombre de hoy.

Hoy no piensen en muertos. Piensen en vivos, vivos felices que nos esperan con los brazos abiertos.


El Blog de Juan Presa