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L 3/12/2018

Vox o cuando el PP dejó de ser derecha

Hasta hoy mi conocimiento de Vox era casi nulo. Como la mayoría de periódicos lo trataban de ultraderechista, mi interés por él era como mi conocimiento, nulo también. A partir de su entrada en el parlamento andaluz con 12 diputados decidí entrar en su página web y consultar sus ideas en la fuente original y no a través de periodistas-opinadores de turno. He escuchado algunas entrevistas y visto algunos vídeos en Internet de su presidente.

Me ha sorprendido encontrar algunas ideas que no sólo yo, sino mucha gente compartimos. Hay ideas que se abren camino por pura necesidad, incluso a través de una gruesa muralla mediática: el hartazgo por la corrupción y el despilfarro, el respeto a la ley, la creciente radicalización de la ideología de género...

Es curioso que a Podemos no le llamen "ultraizquierda" dada la ingente cantidad de vídeos y testimonios de sus líderes alabando regimenes totalitarios como el cubano, o semitotalitarios como el venezolano. Es extraño que no le llamen "anticonstitucional" cuando día sí y día no dice que habría que liquidar la Monarquía parlamentaria. Pero el apelativo de "ultra" para Vox ha sido inmediato. Sin embargo, yo no lo veo tan ultra (¿o lo seré yo?, ya que a excepción de algunas ideas sobre inmigración que no comparto, gran parte de su programa es de sentido común. Puede que se trate de populismo, es cierto. Pero eso lo tendrá que decir el tiempo.

La aparición de Vox es consecuencia del hartazgo de engaños y corrupción, la pérdida de principios de los líderes, la imposición de la ideología de género, el despilfarro en instituciones al servicio de sí mismas y la dejadez más absoluta en la defensa de España (véase el Procés y la parálisis de todos los gobiernos anteriores con respecto a las graves ilegalidades cometidas en Cataluña). El espectáculo de la política actual es impresentable, con un gobierno secuestrado (digámoslo así) por secesionistas y comunistas de ultraizquierda. No me extraña que la ciudadanía intente encontrar alternativas. Es lo que sucedió con Trump en Estados Unidos, y sucede de continuo en Europa.

Hasta hace poco el discurso reinante se felicitaba de que España no tenía "ultraderecha" relevante. Supongo que hoy debemos preocuparnos todos muchísimo. No sé a quién le echarán la culpa, pero me temo que nadie hará autocrítica. Los únicos culpables son quienes ejercen el poder y llevan haciéndolo treinta años, machacando año tras año la esperanza de un votante que se ve traicionado una y otra vez.

O quizá sea que, como leí en un artículo de Yael Farache, la derecha ha dejado atrás sus complejos y ya no se avergüenza de defender ideas, obviamente dentro del marco constitucional que, desde la superioridad moral de la izquierda se consideran, ya saben, fascistas, monstruosas, retrógradas y sobre todo, ultras, el cajón de sastre donde meter todo lo execrable.

Porque la derecha ha dejado de ser derecha. Y las ideas tradicionales y conservadoras ya no tienen representación política válida. Todo es izquierda, y una izquierda frentista, demagógica y desconectada de la realidad. En el caso de Sánchez, profundamente farsante. No se puede vivir sólo de ideología.

El debate sobre la ideología de género va camino de convertirse en una cuestión central. El truco es el mismo de siempre: presentar una idea buena por necesidad, como la defensa de las mujeres maltratadas, y mezclarla con ideas falsas (el Patriarcado, entre otras, y la culpabilización del hombre por el hecho de serlo). Los eufemismos son el recurso más utilizado hoy día: interrupción del embarazo por aborto, desecho uterino por niño aniquilado, o Patriarcado por "todos los hombres son maltratadores en potencia y deben ser desigualmente tratados por la Justicia para protegernos de ellos".

Nuestra Constitución ya declara la igualdad de derechos entre hombre y mujer. La cuestión es cómo hacer cumplir la ley, no fabricar más leyes que, de hecho, contradigan la igualdad con una discriminación "positiva".

Además no se admite debate al respecto. La izquierda feminista han decidido que tienen razón, sí o sí, y que quien no las secunda, es un monstruo, un ultraderechista, un fascista, un machista. Se rasgan las vestiduras y vociferan por las calles.

Ante semejante imposición, no es raro que salga mucha gente que no acepte ese autoritarismo conceptual, sobre todo porque no hay datos científicos que lo avalen. Más bien al contrario.

Esto se va a convertir en la próxima gran causa de confrontación. Esperen y vean.


Vivir conscientemente